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Columnas

El cajero perseverante

Lunes 8 Enero de 2018
Roger Gonzales Araki
Roger Gonzales Araki

Director Periodístico de Nikkei Plus, periodista con experiencia en instituciones nikkei y colaborador de web DiscoverNikkei.



Redacción: Roger Gonzales Araki

roger@nikkeiplus.com

Eran épocas en las que no contaba con trabajo estable. Ya no teníamos el negocio familiar y no había a dónde mirar. Aprendí que el término “raspar la olla”, realmente existe y debemos valorare cada pequeño grano de arroz que tenemos en casa.

Eran tardes de incertidumbre, de dolor, de decepción en las que anhelaba tener un trabajo. Las entrevistas llegaban pero las respuestas no. El terno estaba listo para varias entrevistas, pero esos puestos no estaban para mí.

Luego a través de una Consultora veo una serie de convocatorias y vi una que me pareció atractiva: “Administrador de bar”. El negocio familiar había consistido en algo muy similar, y es por eso que decidí postular. Todo fue muy rápido y alentador porque conseguí el trabajo.

Obviamente al ser el puesto para administrar un bar, el horario era de noche y accedí sin problemas. Primero me capacitaron en las tardes para llevar el proceso de conteo de la mercadería, seguir el proceso de hacer los pedidos a los proveedores, llevar el conteo del dinero de la noche anterior, etc.

Fueron tardes interesantes, luego de eso-se supone- que ya estaba preparado para trabajar en las noches ¡y vaya reto! Tenía el horario de 9.00 p.m a 6.00 a.m y al inicio me gustó porque me gustaba ver el movimiento de la noche, las cervezas, las botellas de whisky que se vendían como pan caliente, las chicas divirtiéndose. Los “lobos” siempre al acecho. Tenía noches entretenidas, atendiendo quejas y solucionándolas ¡Felizmente!

Todo iba bien, ya de a pocos aprendía a preparar los tragos principales e incluso asistí a cursos de barman, que sin duda me sirven hasta ahora. Pero todo cambió cuando el gerente de Operaciones me dijo la frase más dura en mi corta estadía en ese bar. “Ahora tienes que aprender a hacer caja. Te capacitará nuestra cajera estrella”.

Siempre tuve problemas para los números, no tengo esa habilidad para manejarlos pero quise poner todo de mi parte porque “para que el administrador lleve el control de todo el negocio debe aprender a hacer caja a la perfección”, me dijeron.

Y fue así que inicié la capacitación con la cajera. Al parecer era una buena persona, tenía el don de gritar y mandar a la M a todos y que le hagan caso sin hacer problemas. Al inicio nos llevábamos bien e incluso nos íbamos algunas veces en el mismo taxi. Todo iba bien hasta que resaltaba cada vez más su barriga debido a que estaba EMBARAZADA ¡Sí! EMBARAZADA.

Las noches se hicieron más complicadas cuando su barriga asomaba, sentía sus pasos y yo temblaba porque me costó mucho aprender el sistema de caja. Y las llamadas de atención eran tan elocuentes como las que les daba Natalia Málaga a sus pupilas. ¿No te cuadra? ¡Intenta!.

Yo sudaba mientras los demás trabajadores me esperaban a que termine de cuadrar la caja. Recuerdo muy pocas veces que pude cuadrar bien la caja. Más recuerdo sus gritos a mí y al padre de su futuro hijo que era uno de los DJ. Si se peleaban, yo “pagaba pato”. Los gritos son irreproducibles para este portal, obviamente.

Empecé a bajar de peso, ya no me daba hambre durante el día de sólo pensar en que debía ir a trabajar en la noche. Cada paso que daba en las escaleras que daban al sótano del bar sentía que era a un abismo que anunciaba que mi salida estaba cada vez más cerca. Mis hombros estaban duros como un roble ¡era horrible!

Y fue así que por intermedio de algunos conocidos, me dieron la propuesta de trabajar en otro bar y quise jugarme mi revancha. Me entusiasmé tanto que decidí llamar al gerente de Operaciones para comunicarle de mi salida. Fue un lunes totalmente relajado. Para variar creo que di mal un vuelto a un cliente pero trataba de pensar en lo bueno que vendría.

Y se dio la reunión con el gerente, yo estaba contento porque sería de mis últimas noches de sufrimiento. Siempre llevo un buen recuerdo de él pese a la accidentada experiencia en ese bar. Todo iba bien hasta que la cajera estrella interrumpió la conversación para decirme “Roger, no cuadra la caja nuevamente. Te equivocaste en algo para variar. Chau ya no te interrumpo”, y se fue.

No sé si su intervención estuvo armada como para “agilizar” mi salida, pero sin duda que ayudó. Si yo estaba contento por anunciarle mi salida al gerente, él me la dio antes. “Si quieres vienes hasta la quincena”, me dijo. Y yo le respondí “no gracias, hasta hoy nada más”.

A la cajera nunca más la vi. Estaba el bar desolado tal y como lo encontraba en las tardes de inicio de capacitación. Todo estaba en silencio, solo estaba una de las meseras que me miró como diciendo “esta es tu última noche”. Y así fue, luego entré a trabajar al otro bar pero es otra historia. Me fue bien cuadrando caja y luego de unos meses volví al negocio familia. Seguí con problemas en caja pero aprendí algo más importante: la perseverancia.



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