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Columnas

Oda a mi oba

Lunes 15 Enero de 2018
Roger Gonzales Araki
Roger Gonzales Araki

Director Periodístico de Nikkei Plus, periodista con experiencia en instituciones nikkei y colaborador de web DiscoverNikkei.



Redacción: Roger Gonzales Araki

Esto lo escribí en mi blog personal hace unos años pero siempre tengo presente estas líneas. En esta oportunidad me gustaría compartir un breve fragmento de una descripción que le dedique a mi obaachan (abuela en japonés), y estoy seguro que muchos de nuestros lectores se sentirán identificados con cada uno de estos párrafos. Lamentablemente en sus últimos años no escuché un “te quiero”, porque simplemente ella ya no podía hablar.

De camisón e inmóvil, así la atisbé en cada tarde luego de que la sala de operaciones de una clínica capitalina anunciara su mal. Sus palabras se convirtieron en simple susurro como cuando pasa el viento por mi costado, sus abrazos se terminaron y su sonrisa bonachona de cuando le saludaba al entrar a la casa quedó en el pasado.

Siempre la observaba inmóvil e incólume ya sea en su sillón en el que solía ver televisión o en su cama, yo sólo la miraba y lloraba porque no podía decirle lo mucho que la quería. Realmente sí lo podía hacer pero sentía frustración de no poder escuchar un “yo también”, pero sabía que ella sufría y lo quería decir desde el fondo.

Mi madre me lo advertía desde hace mucho tiempo. Teníamos la idea de que mi abuela algún día iba a morir, pero ese día nunca llegaba. Me imaginé que iba a vivir por mucho tiempo más porque la consideraba realmente una heroína invencible. Y no era para menos, pues durante muchos años se pensaba que iba a morir pero al final seguía vivita y coleando.

Y es a partir de esos tiempos en que ver una sonda con la comida licuada se hizo común en su escritorio. Siempre extrañaré esos momentos que compartí con ella pero ya no se repetirán porque la hemiplejia que padeció fue la culpable de que no le diga un ¡Adiós abuela! ni un “hasta luego” porque ella nos dejó para nunca más volver.

Cómo olvidar cuando un billete de diez soles se convertía en un regalo perfecto para mis aspiraciones de infante. “Aunque sea para tu gaseosa”, me solía decir acompañada con su sonrisa pícara de nacida en el Callao pero de corazón victoriano.

Siempre que la visitaba me recibía con sus manos llenas de caramelos de limón. Recuerdo un pote lleno de esos, que a la llegada de cada nieto terminaba totalmente vacío. Ella era feliz al ver contentos a los demás, dejaba de dar un pan para que sus hijos y nietos lo saboreen, no le importaba el hambre, sólo que los otros disfruten.

La señora de vestir sencillo, de faldas parchadas y tejidas (así le gustaban), de buen talante y paso cansino cautivaron nuestros días, días que jamás volverán a ser igual porque desde el cielo sé que nos observará y así feliz se sentirá.

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