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Columnas

El colegio, mi experiencia irrepetible

Lunes 12 Marzo de 2018
Roger Gonzales Araki
Roger Gonzales Araki

Director Periodístico de Nikkei Plus, periodista con experiencia en instituciones nikkei y colaborador de web DiscoverNikkei y co-conductor del programa "Mesa Reservada".



Redacción: Roger Gonzales Araki

Hoy se iniciaron las clases escolares en todos los colegios del país. Las tardes de calma en las que observábamos a niños felices paseando con sus padres terminaron. Ahora estarán en sus casas haciendo tareas y estudiando bajo la sigilosa mirada de sus padres.

Y fue justo de sólo recordar todo esto, que me vienen los recuerdos del primer grado, cuando me sentí raro en medio de tantos niños desconocidos, uno lloraba, el otro reía y le pegaba al más sano. Siempre había estúpidos de grados mayores que por ser eso, “mayores” eran los llamados a humillar a los demás. 

Desde chico vi al colegio como una cárcel. Entrar antes de las 8 de la mañana, y estar encerrado en un salón de clases porque lamentablemente no era como la universidad. Pero claro que uno podía ‘tirarse la pera’, pero increíblemente nunca lo pude hacer. 

Pero lo peor eran las clases de educación física, qué aburridas. En los meses de verano debíamos entrar a la piscina, pero lo gracioso era que quien nos enseñaba el curso era un profesor obeso que al parecer no tenía mayor experiencia en salvataje. O cómo olvidar al profesor que cuando nos tocaba fútbol, nos hacía calentar durante una hora, para jugar sólo 10 míseros minutos, “cinco el primer tiempo, y cinco el segundo”, decía el gracioso. 

Pero todo cambió cuando entré a la secundaria en el año 1996. Me sentía en otro planeta, estaba acostumbrado a que los profesores estén al tanto de mis cosas, pero no fue así, era todo lo contrario. Pero quizás es el año que nunca olvido porque ahí me sentí realmente bien. Estar con mis amigos de toda la vida, el comienzo de la vida nocturna y de las travesuras típicas de adolescente pero que tuvo un triste final.

Me encanta decir que ese año fue inolvidable. Fueron tantas vivencias, tanto aprendizaje que me ayudó mucho porque pude conocer lo bueno y lo malo de la vida, la calle con sus virtudes y defectos. Pero lo que fue más complicado fue tratar de lograr un buen rendimiento en el año escolar. Mi agenda estaba llena de anotaciones en rojo “no hizo la tarea”, “no cumplió con el trabajo”, se hicieron constantes. Cómo no recordar cuando mi madre me buscaba a mi habitación una noche previa a la tradicional “Entrega de Libretas” y me preguntaba:
 ¿Cómo has estado este bimestre? 
Yo: Regular
Mamá: ¿Cómo saliste en Matemática?
Yo: Seguro jalo con 10.

Mi pobre madre fue al día siguiente y el profesor le dijo: “Señora su hijo tiene once”, a lo que mi mamá le respondió con tranquilidad- ¿Once en matemática?- “No señora, once rojos”.

Desde ese primer bimestre empezó mi calvario, desaprobé tantos cursos que al final pude salvar algunos. Demostré mucho esfuerzo cada vez que pude pero los bimestres pasaron como días, todo se hizo cuesta arriba y no lo pude salvar, sí: “Repetí de año”.

Repetir el año y seguir en el mismo colegio al año siguiente fue una experiencia dolorosa y hasta vergonzosa. Si bien es cierto conocí a grandes personas en mi nueva promoción y aprendí a hacer nuevos amigos “como sea”, fue vergonzosa al ver cómo era visto por quienes pensé que eran “amigos” un año antes. Ver cómo se reían de mí, sentir sus burlas fue lo más doloroso. Fueron 5 años que sufrí ver cómo avanzaban cada año mientras yo sólo los veía pasar. Nunca olvidaré las innumerables noches que me encerraba a llorar en mi habitación, nunca olvidaré esos momentos porque realmente pude ver quiénes fueron amigos reales.

Fue que al terminar el colegio fui el más feliz de toda la promoción. Siempre recordaré ese último día porque tiempo después aproveché el tiempo “perdido” y pude terminar mi carrera universitaria con mucho esfuerzo y en los plazos determinados. Esa experiencia “no se debía repetir”. 

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