Aquí un pequeño recuerdo de cuando fui con mi madre a ver fútbol por primera vez.
ESCRIBE: ROGER GONZALES ARAKI
“Yo te llevo… ¡vamos!”. Eso me dijo mi mamá cuando le dije que quería ir al estadio a ver a mi equipo, Sporting Cristal en 1997. Yo dudaba de su respuesta. Pensé que solo sería parte de su entusiasmo del momento.
Durante mucho tiempo solo me dedica a ver los partidos por televisión y era frustrante para mí porque quería ser parte de esa alegría, de esa pasión.
Fue una gran campaña la de ese año. Para quienes le gusta el fútbol, Cristal llegó a la final de la Copa Libertadores, el torneo internacional más importante de Sudamérica.
Faltaba pocos días para un partido de Fase de Grupos ante el Cruzeiro de Brasil. Cristal tenía a uno de sus mejores equipos de su historia, con jugadores como Balerio, Solano, Rebossio, Rivera, Soto, Bonet, entre otros.
¡Realmente era hermoso ir a ver jugar a ese equipo en vivo y en directo! Tenía 12 años de edad y tenía todas las ganas de ir pero lógicamente no iría solo. Le comenté a mi mamá para que lo convenza a mi padre y pueda llevarme al Estadio Nacional, pero no pudo por motivos de trabajo.
Quizás mi madre me vio como un niño cuando no le compra un juguete que pide con ansias. Me sentía frustrado de no poder ser adulto y tener cierta libertad para hacer lo que me gustaba.
“Yo te llevo… ¡vamos!”, siempre voy a recordar esa respuesta porque dejó atrás sus miedos de mujer y decidió llevarme.
El partido era en la noche. Compramos las entradas en las boleterías (en ese tiempo no existían las ticketeras digitales).
Y caminamos hacia la tribuna Oriente, que es la tribuna que mira a la Vía Expresa. A mi madre la notaba nerviosa pero con ganas de entrar al estadio y olvidarse de todo. Ambos estábamos ansiosos en esos momentos, ella más que yo.
En esos tiempos no era tan común ver a una madre de familia en el estadio viendo fútbol. Recuerdo que cuando vimos al equipo rival, Cruzeiro de Brasil en lugar de insultarlos (como lo hacían todos) ella los alentaba y los demás espectadores la miraban raro. “Hay que hacerles barra, pobrecitos”, y yo le decía “PERO SON LOS RIVALES, VIENEN A GANARNOS”.
Cada ataque a Cristal eran como puñales para ella porque se ponía nerviosa ¡Vivió el partido como nunca! Cuando vio jugar a Julinho, le hizo recordar a los futbolistas de antaño “así jugaban los jugadores de mi época”, me repetía en medio de la bulla y cánticos de la barra.
Quiso comprar todos los dulces que le ofrecían los vendedores, creo que sí disfrutó esa experiencia de ir al estadio. ¡Y llegó el gol! Todos los hinchas nos paramos mientras ella estaba sentada comiendo canchita y preguntándome si vendían ocha (té en japonés).
Luego regresamos en taxi a la casa. Estuve feliz porque vi ganar a mi equipo y principalmente y también porque vi feliz a mi madre (creo que era porque me vio feliz).
Con esto no quiero decir que vayan al estadio con sus madres, sino que es importante valorar lo que ellas hacen por nosotros para vernos feliz sin importarles los riesgos que implica.
Y los tiempos cambian, ahora soy yo quien la lleva al teatro cuando ella quiere. Si ella me veía gritar de alegría en el estadio, ahora la veo estirando las piernas por su tendinitis que la aqueja, pero no la aleja de las ganas de seguir siendo feliz en cada salida, y yo lo soy al ver su sonrisa.
¡Feliz día Mamá!






