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Koki Higa: Jorge “Toshi” Nakachi Morimoto (homenaje en vida)

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“El propósito de la vida humana es servir, mostrar compasión y tener voluntad de ayudar a otros”.
(Albert Schweitzer)

Aprovechando un viaje de unos noventa minutos desde la APJ hasta el Policlínico Emmanuel, en la avenida Gambetta, tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con quien justamente preside la Asociación Emmanuel, el famoso Toshi Nakachi.

Me di cuenta de que, a pesar de conocerlo desde hace años, nunca había tenido el tiempo ni el momento para realmente charlar con él sobre algunos interesantes y, hasta entonces para mí, desconocidos aspectos de su vida.

Le pedí permiso para tomar nota mientras conversábamos.

Nació hace 79 años en Huancayo, descendiente de inmigrantes de Okinawa (Motobu) y Hiroshima. Llegó a Lima a los dos años y recuerda que su padre trabajaba en un restaurante en el distrito de Surquillo.

Fue precisamente esa chamba la que, tiempo después, llevó a su papá a Jishuryo, donde permaneció hasta el año 70. Por ello, Toshi hizo la primaria en esa escuela y posteriormente concluyó la secundaria en el colegio Santo Tomás de Aquino, del Rímac.

Tengo curiosidad por saber desde cuándo existe el famoso restaurante Nakachi, que es ya parte indisoluble del Centro Cultural Peruano Japonés.

Me cuenta que, en un primer momento, desde 1968 funcionaba allí otro restaurante llamado Kiraku, propiedad de la señora Mori, quien en 1982 se lo traspasó a la familia Nakachi. Él la conocía porque desde 1980 manejaba también una cafetería en el mismo Centro Cultural, que, según me cuenta, en ese entonces era todavía la Sociedad Central Japonesa.

Antes de eso había estado en el quiosco ubicado al costado de la cancha de vóley del Estadio La Unión durante casi una década.

Es decir, el restaurante que todos conocemos tiene ya 44 años.

Seguimos nuestro camino pasando por detrás del nuevo aeropuerto y, a la vez, metafóricamente, vamos recorriendo algunos momentos de su vida.

En 1997 fue invitado a una cena del Club de Leones y, para su sorpresa, esa noche le propusieron convertirse en uno de sus integrantes. Muy acorde con su espíritu altruista y solidario, participó activamente hasta ser el presidente del Consejo de Gobernadores en el Perú, máximo cargo de esa institución. Recuerda con satisfacción cada una de las obras realizadas para el bienestar de quienes más lo necesitaban y, en particular, cuando levantó un local comunal en lo que hoy es el distrito de Pachacútec, desde los cimientos hasta el techo de calamina.

De su participación en las reuniones internacionales del Club nació también un pasatiempo: coleccionar pines metálicos. Tiene más de dos mil, así que me imagino que, si quieren hacerle un buen regalo de cumpleaños, un pin sería una gran idea.

No me sorprende, entonces, que participe también en la Asociación Emmanuel, cuyos fines están igualmente orientados a ayudar a los demás.

Le gusta el vóley. Fue entrenador del club Leoncio Prado e incluso de la selección del AELU. Aprendió viendo al maestro Akira Kato.

—¿Quién ha sido el más famoso que ha visitado el restaurante? —le pregunto con sincera intriga.

—Uffff, han pasado tantas personas… pero yo te diría que la familia Fujimori, antes de que él fuera presidente —me responde con su acostumbrada tranquilidad.

—¿Y qué te gusta de este negocio?

—Koki, es un trabajo muy sacrificado, pero a mí me gusta atender a los clientes y hacerlos sentir como en casa.

Tiene razón. Por lo menos a mí, cada vez que como algo allí, el restaurante me lleva a un momento de paz y tranquilidad. Ha sido parte de mi infancia.

Sus platos favoritos de la carta son el soba y el katsudon. Y el que mejor le sale (obviamente) es el Nakachi Teishoku.

Vamos llegando ya al policlínico y quedamos en que un día iremos al karaoke a cantar Subaru, de Shinji Tanimura, su canción japonesa favorita, aunque también se deleita con la música criolla.

Me hace acordar a mi papá, que era un erudito en ese género y que, como Toshi, también era hincha de la “U” y un gran viajero.

Nada que ver con los gatos, pero sí con los perros. En especial con Gastón. Porque después de una vida atendiendo, acompañando y ayudando a tanta gente, qué bonito es pensar que al final de cada día Toshi vuelve a casa, donde su familia (y Gastón, por supuesto) lo esperan.

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