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Koki Higa: Historias de vida (luego del tsunami)

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“El amor es una bellísima flor, pero hay que tener el coraje de ir a recogerla al borde de un precipicio”.

(Stendhal)

Hace unos días leí en este periódico la historia de Yasuo Takamatsu, el japonés que perdió a su esposa Yuko durante el terremoto y tsunami que azotó Japón el 11 de marzo del 2011.

Como su cuerpo nunca apareció, Yasuo decidió aprender a bucear. No porque le interesara el mar ni porque quisiera practicar un nuevo deporte. Se inició en esa actividad pensando que quizás su esposa estaba allí abajo. Desde entonces ha realizado cientos de inmersiones buscándola.

La historia me impresionó y me dejó pensando cuántas más parecidas habrían surgido luego de aquella tragedia.

Así llegué a Naomi Hiratsuka.

Ella vivía en Ishinomaki, en la prefectura de Miyagi. Su hija mayor, Koharu, tenía doce años y estudiaba en la escuela primaria de Okawa.

El terremoto ocurrió a las 2:46 de la tarde. Después llegó el tsunami.

La escuela se encontraba a unos cuatro kilómetros del mar y, al parecer, tenía una colina muy cerca que podía haber servido como refugio. Sin embargo, por una serie de malas decisiones y lamentables demoras, los niños no fueron evacuados a tiempo.

74 alumnos y 10 profesores murieron.

Koharu desapareció.

Durante los primeros días Naomi hizo lo que probablemente haríamos cualquiera de nosotros. Buscar en todos lados.

Los padres removían con sus propias manos el barro, la madera, las mochilas, los cuadernos y todo lo que el tsunami había dejado amontonado.

Luego llegaron los bomberos con excavadoras. Cada vez que alguno gritaba que había encontrado un cuerpo, Naomi corría hacia allí esperando que fuera Koharu.

Pero nunca lo era.

Pasaron semanas, luego meses, y poco a poco las búsquedas oficiales concluyeron.

Pero me imagino que hay cosas que pueden terminar para las autoridades, pero no para una madre.

Naomi tomó entonces una decisión increíble: aprendió a manejar una excavadora.

Una mujer que nunca había tenido motivo alguno para aprender a utilizar tremenda máquina obtuvo su licencia de operadora para seguir buscando a su hija.

Decía que entendía que su hija probablemente estaba muerta. Lo que no podía aceptar era dejar su cuerpo bajo escombros, enterrado en el barro o perdido en el río.

Quería llevarla de regreso a casa.

Cinco meses después del tsunami encontraron restos de Koharu cerca del río Kitakami.

Finalmente, Naomi pudo despedirse de su hija, realizar su funeral y llevar sus cenizas a casa.

Yo podría pensar que allí termina esta historia, pero no.

Naomi volvió, carajo, a subirse a la excavadora. Todavía quedaban padres buscando a sus hijos y ella sabía exactamente lo que significaba despertarse cada mañana sin saber dónde estaba el suyo.

Así que siguió removiendo tierra. Ya no buscaba a Koharu, sino a los hijos de los demás.

Tal vez por eso esta historia me impresionó incluso más que la del sr. Takamatsu.

Ambos aprendieron algo que jamás imaginaron. Uno se sumergió en el mar, la otra aprendió a mover toneladas de tierra.

Los dos buscaban exactamente lo mismo: a alguien que amaban.

Naomi encontró finalmente a su hija, pero cuando pudo haber guardado la excavadora y descansar, quiso continuar.

Ella decidió buscar hijos que no eran suyos, aunque quizás, después de aquella tragedia, empezaron también a serlo.

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