“Ningún legado es tan rico como la honestidad”.
(William Shakespeare)
Esta muy bien que nos sintamos orgullosos de nuestra comida y que seamos los campeones mundiales de los desayunos con nuestro insuperable y supercampeón pan con chicharrón, pero de allí a ser un país desarrollado hay un buen trecho por recorrer.
Cada viaje al extranjero me ayuda a darme cuenta de las muchas cosas que aún tenemos que mejorar para sentirnos un país civilizado.
Mientras acompañaba a mi hija a instalarse para estudiar, decidí darme un tiempo para conocer los alrededores de la ciudad y la mejor forma de llegar era usando el tranporte publico, más precisamente el sistema de trenes.
Llegué a la estación, fui a una de las máquinas, marqué el destino, me indicó la tarifa, pague y recibí mi boleto.
Esperé un rato y cuando ya era la hora de partir, saqué mi ticket y me dirigí a la plataforma de salida. Me acerqué, busqué una ranura por donde pasar el boleto pero no encontré ninguna.
Con desconcierto, hice lo que siempre hay que hacer en estos casos: mirar alrededor e imitar lo que hacen los que tienen cara de vivir allí.
La gente pasaba sin detenerse en ningún lado. Nada de tickets y menos aún nada de policías.
“Así será”, me dije e hice lo mismo.
Ya dentro del tren me preguntaba si habrían implementado alguna nueva tecnología de reconocimiento de cara y asi sabrían quienes habían pagado y quienes se querian pasar de “sapos”.
Luego de disfrutar las hermosas vistas, llegué a la estación de destino.
Salimos varias personas y mientras caminaba hacia la salida buscaba el ticket en mi mochila.
Cuando llegué a la puerta me ocurrió lo mismo, no encontraba ninguna hendidura por donde pueda ingresar el papel. Simplemente las puertas estaban abiertas.
“Esto es muy extraño”, me dije.
Asi que nuevamente hice lo mismo y me puse a observar a las demas personas que habían bajado conmigo en esa estacion. Efectivamente, ninguna se detenía y sencillamente pasaban despreocupados por la salida sin siquiera mostrar nada, menos aún el ticket que yo tenia en la mano.
Busqué alguna camara especial que identifique los rostros con alguna ultra-moderna tecnología pero no había tal cosa, o al menos no era visible.
Con algo de temor de que suene una alarma y me acusen de no haber mostrado o pasado mi ticket, avance tímidamente por la puerta de salida y para sorpresa mia… no pasó nada.
Ningún sonido, ningún policía, ningún roche. Solo un peruano sorprendido y obstruyendo el paso de las demas personas.
Allí me di cuenta de que en esa estación (ni en muchas otras) nadie te controlaba y el sistema y la costumbre asumían algo que debería de ser obvio y propio de un país que se diga civilizado, que todos los que usaban el tranporte habían pagado previamente su pasaje.
“Que verdad para más sencilla y que manera de ahorrar costos”, reflexionaba con asombro y no poca envidia.
“¿Cuándo será el día en que podamos hacer lo mismo en nuestro país?”, me preguntaba ilusamente mientras otro pasajero me decía con amabilidad:
-Señor, ¿podría por favor avanzar?, esta obstruyendo el paso…






