“La salud es la unidad que da valor a todos los ceros de la vida”.
(Bernard Le Bouvier de Fontenelle)
Estos son mis meses de revisiones técnicas, perdón, médicas.
Hasta hace un tiempo lo hacía como una rutina casi aburrida, solo para sentir que cumplía con un objetivo planificado a principios del año. Pero desde hace poco, entrar por la puerta del consultorio del médico es abrir opciones a la incertidumbre.
Es que la edad no pasa en vano.
Antes, ¿qué carajo me iba a poner a pensar en la próstata (ni sabía qué era), en la hipertensión (y eso que fumaba y tomaba con frecuencia), en el glaucoma o en la colonoscopia? Creía que la salud, ese bien tan preciado e infravalorado en la juventud, iba a durar eternamente.
Y por un tiempo fue así, las lesiones se curaban en un día, las resacas se iban en unas cuantas horas y los cigarros no afectaban mi rendimiento en las canchas.
Hasta que tres años atrás pasé la línea de los cincuenta.
Me fui al Cusco el mes pasado, una de mis ciudades favoritas y, como nunca, me agarró un soroche bravísimo. Tuve que regresar a Lima al día siguiente. Desde allí se me ha subido la presión y es muy probable que tenga que recibir tratamiento, lo que añadiría más medicamentos a mi pastillero diario.
Con una frecuencia poco deseada, pero siempre importante, hay que pasar por el urólogo para la revisión manual de la próstata. Sé que puede afectar el ego y la virilidad de muchos lectores varones, pero nunca antes mejor dicha esta frase: “Caballero no más”. De yapa viene el examen de sangre para ver cómo va el bendito PSA.
-Señor, haga puño en este brazo.
Yo obedezco y rezo para que la señorita me encuentre la vena en un solo pinchazo. Por supuesto que no le digo que tengo terror a las agujas. Mientras siento el hincón solo atino a mirar al frente, respirar hondo, poner cara de valiente y hacer la finta de que no me duele ni me afecta. Aunque por dentro, se me baja la presión y estoy al borde del desmayo.
-Suelte el puño, señor.
En ese momento ya me relajo porque ya salió la muestra de sangre requerida y viene el algodón con esparadrapo. Respiro aliviado.
A esas visitas añado la del oculista, quien con diligencia profesional revisa que no asome el glaucoma y que las medidas de la vista se mantengan aceptables, como para poder seguir leyendo a lo lejos en la pantalla “ANZHCR”. Es un capo el doctor.
Y finalmente, cada cierta cantidad de años, ir al gastroenterólogo, para revisar el estómago y los intestinos con la endoscopía y la colonoscopía respectivamente. Como siempre digo, no hay persona en este mundo que me conozca tan profundamente como ese experimentado doctor. Otro capo.
Salen algunas cositas pero en general hasta ahora voy bien, aunque soy consciente de que en cualquier visita futura pueda escuchar un temido “uhmmm, esto tenemos que revisar”, y vengan miles de análisis posteriores.
Al final, estos chequeos no son solo para saber cómo anda el cuerpo, sino para recordarme que sigo aquí, dando pelea. Cada análisis, cada aguja y cada indicación son pequeñas pruebas de que la vida continúa.
Empiezo a entender a mis papás cuando hablan de sus médicos casi con cariño. Son parte de su rutina, de su historia. Y creo que ahora me pasará lo mismo, uno les agarra aprecio (sobre todo al urólogo), como si cada consulta fuera un breve encuentro con la realidad y con la inmensa suerte de seguir en el juego.






