“Mucha gente piensa que el fútbol es un juego a vida o muerte, pero es mucho más importante que eso”.
(William Shankly)
Me tomo la libertad y la licencia de despedir el año en esta columna compartiendo un evento absolutamente irrelevante para el 99% de los pacientes lectores.
El año pasado jugué la final de fútbol Máster 50 en el AELU por el club Carper. Perdimos y, lo peor de todo es que, a mi humilde opinión, la tuvimos para ganar. Yo me fallé un gol cantado y tuve tanta bronca que ni siquiera fui a recibir mi medalla de subcampeón (una falta de respeto de la cual me arrepiento). Me sentí mal por mi equipo y por mí. Viví con esa frustración durante varios meses.
Este año, por alguna circunstancia de la vida, llegamos nuevamente a la final los mismos dos equipos. Tengo que reconocer que el rival era y es un equipo muy bueno.
Obviamente no era un mundial, ni una Champions League, ni siquiera un campeonato nacional. Era una simple final de unos señores de más de cinco décadas en Pueblo Libre. Tengo que confesar que fue grande la ansiedad que sentí durante toda esa semana de espera. Cualquier momento lo usaba para visualizar el partido y tratar de ahuyentar mis demonios y temores, algo que dificilmente conseguía.
Lo único que quería era que llegara la hora del encuentro y que se acabara esa angustia.
El día domingo, a las 10:20 empezó el partido y no pudo ser más triste el devenir del primer tiempo, íbamos 2 a 0 abajo. Los ánimos por los suelos y yo recordando lo vivido doce meses atrás. “Ptm, otra vez va a ocurrir”, pensaba.
Pero en el segundo tiempo surgió en todos nosotros un espíritu luchador y nos fuimos al ataque con determinación. Descontamos y, luego de unos pocos minutos, logramos empatar. Habíamos pasado de la desesperanza a la euforia.
Cinco minutos antes de terminar el partido, lo volteamos con un increíble 3 a 2.
Lamentablemente, en la penúltima jugada nos empataron, lo que significó ir a penales.
Los penales son la tortura máxima para un jugador inseguro como yo, y ese recorrido desde el centro del campo hasta el punto penal son segundos eternos en los que el arco se va achicando y el arquero se va haciendo cada vez más grande.
Me tocó el segundo disparo. Se me vinieron encima mis traumas de niñez y angustias de adulto. “Carajo, todo el mundo me está viendo”, “la voy a cagar”, “se me va a ir arriba”, “voy a joder a mi equipo de nuevo como el año pasado”, “¿por qué no me hice el lesionado antes de que acabe el partido?”, fueron algunas de las frases que recorrían mi mente mientras hacía ese trayecto tortuoso para cumplir con mi deber futbolístico.
Puse la pelota donde correspondía. El árbitro se acercó y me dijo que espere el pito. Le respondí “ok” y di unos pasos hacia atrás para tomar carrera. Miré el arco y, efectivamente, se había achicado.
Entonces me acordé de un exjugador de Alianza Lima, José Soto, quien dijo alguna vez que no pensaba en nada y que simplemente le pegaba lo más fuerte posible, a donde saliera. Buen consejo.
Avancé y el balón salió hacia el lado derecho del arco. Vi que el arquero se había tirado hacia el lado contrario y la pelota entró limpia. La tonelada de peso que llevaba sobre los hombros se había desvanecido. Grité con fuerza y animé a nuestro arquero.
Ese regreso triunfal al centro del campo para saludar a mis compañeros fue el trote más feliz que he hecho en mucho tiempo.
El primer escollo estaba superado (meter mi penal), ahora “solamente” faltaba que nosotros convirtiéramos al menos uno más que el otro equipo.
Como podrán imaginar (porque si no, no habría escrito sobre esto) nuestro arquero tapó el sexto penal.
¡Qué momento!
¡De perder el año anterior y, minutos antes, estar abajo por dos goles, a pasar a ser campeones! No lo cambio por nada.
Todos salimos corriendo, como si fuéramos unos chibolos de diez años, a abrazarnos con el arquero y a saltar. Tuvimos nuestra revancha y en ese momento yo era un niño alegre que corría con los brazos en alto, sintiéndome campeón mundial, a pesar de estar en la cancha 2 de un club en Pueblo Libre.
Esa medalla significó más de lo que puedan imaginar, era campeón y, sobre todo, me reivindicaba de lo ocurrido un año atrás. Además, el campeonato llevaba el nombre de un viejo amigo, Tito Giulfo, quien nos dejó este año. ¡Qué mejor homenaje para él!
Nuevamente, disculpas a todos los lectores por esta crónica de una final que le importa a casi nadie, salvo a unos jugadores amateurs Máster 50 de un club que, por un instante (un momento que dura solo un suspiro, pero que a veces es más que suficiente) conquistaron el mundo y fueron felices.
¡Feliz año nuevo 2026!






