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Koki Higa: Navidad es navidad

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“La paz y la armonía constituyen la mayor riqueza de la familia”.

(Benjamin Franklin)

¿Quién puede dudar de que esta época amplifica nuestras emociones y sentires? Estamos más generosos, más preocupados por el prójimo y, por supuesto, más estresados.

Lo vemos en la vida cotidiana, hay más gente en las esquinas apelando al espíritu de Papá Noel y un tráfico mucho más pesado e intolerante que lo ya pesado e intolerante que es.

Y en los hogares también lo vivimos.

Un buen amigo me comentó lo que ocurrió en su casa hace unos años, y lo comparto aquí porque refleja fielmente el espíritu navideño imperante.

En la reunión de su familia, compuesta por sus papás, él y sus hermanos, nueras, hijos, sobrinos, perro, gato, árbol, regalos, pavo, chancho, puré de manzana y todo elemento clásico navideño, se habían olvidado de un ligero detalle: los fuegos artificiales, es decir, los cuetes.

Ninguna celebración puede definirse completa si no tiene el componente bélico y bullanguero que brindan los cuetecillos, silbadores, cuetones, volcanes y hasta las chispitas mariposa.

(¡Qué época esta de Navidad, en la que nos han inculcado la obligación de ser felices!).

Así que, en un arranque de proactividad, uno de sus hermanos se ofreció a ir a comprar esos productos, casi a nivel de arsenal de guerra.

-No se preocupen, yo voy a ir a comprar los cuetes – dijo él.

-Ok, pero no te demores, que ya estamos con hambre y te vamos a esperar – respondió su mamá.

Los minutos pasaron y siguieron pasando, al parecer el celular estaba sin batería, el hambre en la casa iba in crescendo y ocurrió lo que tenia que ocurrir, y no hubo estrellita de Belén, Reyes Magos ni pesebre que lo pudiera evitar. El otro hermano soltó un comentario:

-¿Por qué demora tanto? Son simples fuegos artificiales.

-Pero un poco de paciencia, tío – salió la hija en defensa del padre.

-Es que siempre es lo mismo con tu papá, es un demorón y ya nos suena la barriga – replicó el hermano.

-¡Entonces hubieras ido tú, pues, tío! – volvió a defender la hija, ya con un volumen algo más subido.

-Pero tranquilízate, solo estoy diciendo que tengo hambre.

-Es que no te voy a permitir que hables así de mi papá  – sentenció la hija.

Y, a partir de ese punto, el espíritu navideño brilló por su ausencia. Tal cual batalla campal en el fútbol, todo el mundo metió su cuchara (y no precisamente al puré de manzana). Saltaron ajos y cebollas por doquier, rencillas pendientes, quejas y réplicas: “¿a quién se le ocurrió ir a comprar los cuetes?”, “nos hubiéramos ido con mis papás”, dijo una de las nueras; “ptm, si así pasan la Navidad, ¿cómo será el Año Nuevo?”, dijo la otra.

Con todos los ánimos caldeados, la esposa del hermano que había salido a comprar decidió irse de allí. Tomó a sus hijos, recogió sus regalos y se dirigió a la puerta cuando, en ese preciso instante, apareció su esposo, con una inmensa caja de fuegos artificiales y una sonrisa orgullosa de haber completado el elemento navideño pendiente.

-¡Y todo esto es por tu culpa, huevón! – fue lo único que exclamó su esposa mientras salía por esa misma puerta, para ir a comprar ravioles congelados con salsa roja al grifo más cercano.

Esa cara de felicidad pasó a una de desconcierto. Sin saberlo, había sido el causante de tremenda bronca familiar, la cual siempre sería motivo de recuerdo, burlas y risas en celebraciones posteriores.

-Por favor, ya no se olviden de los cuetes esta vez – es la jocosa frase que desde el año siguiente inicia todo preparativo inclusive antes que se escuche el primer villancico.

Así es la Navidad pues, tiempos de paz y también de guerra, la celebración más humana de todas.

¡Feliz Navidad queridos amigos lectores!

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