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Koki Higa: Desproporcionalidad (o meter el carro a un restaurante)

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“Lloramos al nacer porque venimos a este inmenso escenario de dementes”.
(William Shakespeare)

Es difícil de creer, pero en el Perú nada o casi nada es imposible. Me imagino que voy a un restaurante bastante caro de carnes, para comer un buen bife de chorizo y tomar una copa de vino con mis patas del colegio.

Una conversación amena, cagándonos de risa de la vida y rajando de este gobierno incompetente cuando de repente, en una mesa al otro extremo del amplio restaurante otro cliente levanta la voz, increpa a los mozos y hace un escándalo prolongado que interrumpe nuestra divertida charla.

Uno de nosotros le pide al comensal que se calme y que no haga tanta bulla. Esa persona, quizá influenciada por el trago o simplemente porque así es su carácter, se cree el dueño del mundo y no le gusta que le digan nada de nada, corre presto e inicia, entre mesas, sillas y cuadril con papas fritas, una trifulca de agarrones, puñetes y patadas.

Luego de unos minutos y sabiéndose perdedor de la improvisada bronca, se retira para unos segundos después, encender su camioneta Lexus y estrellarla contra la fachada del restaurante, justo por donde departíamos hasta hace unos minutos con mi grupo de amigos. Arrasa con todo lo que encuentra a su paso, mesas, sillas y personas. Tres de ellas son afectadas por el impacto y a duras penas, milagrosamente, se salvan de morir. Salen rengueando por si al conductor se le ocurre embestir nuevamente, ya que el vehículo retrocede y tranquilamente pudo haber avanzado por segunda ocasión. Por suerte, eso no ocurrió.

Para mí es una situación imaginaria, pero no para otras personas. Es como para no creerlo, pero luego que me pasaron el video por un grupo de wasap me quedé sorprendido.

¿Qué habrá tenido en la cabeza ese señor para meter un carro al restaurante y atentar imprudente y desproporcionadamente contra la vida de otras personas?, ¿habrá alguna razón que justifique tamaña acción? Lo dudo mucho.

¿Qué impide a una persona darse cuenta de las consecuencias de su mal comportamiento?, ¿no es lo suficientemente autocrítico para darse cuenta que sus gritos molestan a los demás comensales? ¿qué tan grande debe tener el ego para sentirse superior al resto? Un ego monumental y una muy baja autoestima.

Este evento, casi inverosímil, me llama a la reflexión sobre la salud mental en nuestro país. Es un aspecto tan importante, pero a la vez tan dejado de lado. ¿Cuánta gente estaría dispuesta a usar un carro como arma a causa de la rabia y frustración? Debe haber más de uno por allí andando por la Javier Prado.

Y como simple ciudadano, que lo único que quiere es disfrutar una velada en un cine, en una tienda o en un exclusivo restaurante de carnes, debo recordar el sabio consejo de todos mis profesores de artes marciales: “la mejor forma de ganar una pelea es no teniéndola”. Creo que lo preferible es evitar, en la medida de lo posible, cualquier tipo de confrontación ya que nadie sabe qué tan dañado pueda estar el cerebro de la otra persona o qué armas esté portando en su bolsillo.

Lo ideal es no pelear, a no ser que sea absolutamente necesario e indispensable. No vaya a ser que te encuentres con un asado de tira y te dejen empotrado a la pared convertido en molleja y anticucho.

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