“El orden es el placer de la razón pero el desorden es la delicia de la imaginación”.
(Paul Claudel)
A pesar de que soy un fiel pregonero y aplicado practicante de las 5S y el minimalismo, me gusta tener, acumular, ver, apreciar y seguir comprando libros.
Desde muy chico me gustaron. Siempre había muchos en casa, así que su presencia fue parte de mi paisaje cotidiano. Llegó un momento en que yo mismo pude empezar a adquirir los que me gustaban y así, poco a poco, fue creciendo mi biblioteca.
No es que sean tampoco taaaaantos libros los que tenga. Debe de haber unos mil aproximadamente y ocupan una pared y media.
Cuando ya no eran pocos, tuve que tomar una decisión sobre cómo ordenarlos. No siendo bibliotecólogo, pensaba que estaría bien hacerlo por orden alfabético.
Allí me surgieron algunas dudas existenciales: ¿sería por apellidos, nombres o título de la obra?
Muy buena pregunta. Quizá lo ideal podría ser ordenarlos todos en un solo grupo por el primer apellido del autor.
Estaba empezando a hacerlo de esa manera cuando recordé que, en las bibliotecas que he visitado, los libros estaban acomodados por grandes temáticas: literatura, filosofía, diccionarios, administración, etc. Entonces pensé que mejor los separaba previamente por estos grupos y después los acomodaba en orden alfabético dentro de cada género.
-Eres un genio – me dije.
Volví a iniciar la gesta y, luego de concluir con el primer estante, noté que no se veían bien. Por supuesto que allí estaban todos los libros de literatura, empezando por un tal Álvarez y acabando por un tal Zúñiga, pero había algo que no me cuadraba del todo. Estéticamente dejaba mucho que desear.
Así que, con la ayuda de mi esposa, retrocedimos todo lo actuado y empezamos un nuevo intento de ordenarlos. Ahora sería por… color del lomo.
Todos los libros blancos primero, seguidos de los amarillos, rojos, marrones, verdes, celestes, azules, negros, morados y rosados. Tal cual, priorizamos la armonía sobre el orden.
-Pero así tomará mucho más tiempo encontrar alguno- me cuestionaba en ese momento.
-Eso es cierto, pero no puedes negar que se ve más bonito- me respondía a mí mismo con cierto orgullo e insensatez.
Así que en la hoja de cálculo en la que tengo registrados todos los libros, adicionalmente a las columnas clásicas de autor, título, género y subgénero, he incluido una adicional que se ha vuelto la más importante y que probablemente no exista en ningún sistema bibliotecológico que se respete, “color de lomo”.
Ahora, cada vez que veo mi biblioteca, recuerdo que me creo un ser racional, obsesionado con ordenar el mundo, pero que en el fondo sigo siendo ese niño que se dejaba rodear por libros sin preguntar por qué. Entonces dejo de buscar sentido y solo la miro, y en esos colores encuentro algo que ningún sistema podría darme, un poco de calma, un poco de alegría y la ilusión de que, a veces, perder el orden es la mejor forma de encontrarse.






