“En el idioma está el árbol genealógico de una nación”.
(Samuel Johnson)
Hace poco conversábamos con un amigo japonés durante una reunión. Él hablaba muy bien el español así que, en términos generales, no había problema alguno.
Eso sí, se nos complicaba la comunicación cuando en el grupo alguien hacía un comentario gracioso y nuestro amigo no entendía del todo o mejor dicho no entendía nuestro sentido del humor.
En ese momento me acordé cuando, años atrás, era un estudiante de la Universidad de Meio, en Nago-Okinawa y apoyaba en el club de español que allí tenían. Una vez por semana yo asistía para leer algún texto o responder las dudas y consultas que surgían entre los miembros.
A veces, ellos me pedían que tradujera varias frases que eran chistes en castellano y resultaba para mí una tarea simplemente imposible poder transmitir el mensaje original. Yo les decía con cierta frustración y resignación que eran expresiones intraducibles.
Y es que el sentido del humor (que es una parte esencial de la cultura de un pueblo o región) depende en gran parte del idioma, de entender las palabras y de saber jugar con ellas. Me imagino que en cada lengua debe ser lo mismo.
Les puse algunos ejemplos a mis compañeros universitarios:
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-¿Qué le dice un jaguar a otro?
-Jaguar you?
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-¿Qué le dice un semáforo a otro?
-No me mires que me pongo colorado.
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Sin ir más profundo, les comenté que a los peruanos nos gustaba usar comparaciones y exageraciones para describir las cosas, sentires o situaciones, llegando a ser graciosas por lo ridículas. Les solté un par:
-Andar por algunas calles de Lima es peligroso, más peligroso que balacera en ascensor, o
-Cuando se molesta ese profesor se pone bravo, más bravo que el perro de chacra.
Antes esos chistes cortos y comparaciones yo esperaba ver caras risueñas, pero solamente obtuve como respuesta unas expresiones similares a signos de interrogación. Probablemente hasta ahora estarían imaginando un ascensor o describiendo las características de un perro de campo, tratando de entender lo que para nosotros podría resultar ameno.
Allí comprendí que para estar inmerso en la cultura de un país es indispensable conocer su idioma. La lengua transporta no sólo las palabras sino también la sutileza del humor, la ironía y las emociones que nos hacen más llevadera la vida cotidiana.
Quizá nuestro nuevo amigo japonés haya inclinado su cabeza educadamente sin entender mucho mientras todos nos reíamos en la reunión y nuestras frases le resultaron más aburridas que una carrera de caracoles, que es lo más probable que haya pensado.
No tengo dudas que, a su vez, debe ser casi imposible para mi poder entender el humor con el uso del idioma japonés. La próxima vez será el turno de mi amigo, quien tal vez estará en serios aprietos cuando le pida que traduzca un chiste, de esos que nos son también inentendibles, al menos que hayas nacido en la tierra, no del inka sino del sol naciente.






