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Koki Higa: Campeones del desayuno

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“La suerte de las naciones depende de su manera de alimentarse”.
(Anthelme Brillat-Savarín)

 

No sé por qué dicen por ahí que los peruanos somos malos para las matemáticas. Eso es una falacia y una calumnia. Se demuestra lo contrario en cada periodo de eliminatorias al mundial de fútbol cuando, sobre todo en las últimas fechas, todo hincha sufrido revive sus clases del colegio y se lanza a hacer complejos cálculos matemáticos para mantener viva la llama de la esperanza (aunque en nuestro caso casi siempre es más tenue que una chispita mariposa mojada).

Ni nuestra maestría con los números logró clasificarnos al siguiente mundial. Tendremos que esperar unos años más para volver a tentar esa lejana opción. Admitámoslo: nuestro nivel está por los suelos, y la clasificación a Rusia hace dos mundiales fue poco menos que un milagro estadístico (los dioses del fútbol, conmovidos por nuestro eterno sufrir, nos regalaron esa breve alegría).

Pero el peruano, que ante el triste y nauseabundo paisaje de la política necesita encontrar un refugio donde canalizar su esperanza, no se dejó amilanar por los magros resultados deportivos y se lanzó de cabeza a un terreno donde sí nos sentimos imbatibles: la gastronomía.
Sobre el verde nos pasan por encima, pero en la cocina les metemos huacha, baile y gol de chalaca incluidos.

Coincidentemente se llevó a cabo el mundial de desayunos y nuestro querido pan con chicharrón nos representó con garra y toque en primera, siempre abriendo el campo con la cebollita como lateral derecho y el camote por la otra banda. En el ataque, como buen nueve de área, apareció el tamalito. Y para refrescar el equipo, nada como un cafecito cargado.

Al fútbol lo pueden humillar, pero con nuestra comida no se juega: es un tesoro nacional que inspira más respeto que el himno, la escarapela y el desfile militar juntos.

Cracks totales los que inventaron este evento calórico-virtual. Encima, los cuatro clasificados resultaron ser los países que quedaron en la cola de las eliminatorias futboleras. Una revancha simbólica, una segunda oportunidad para lavar el orgullo. Genialidad pura.

Quién iba a pensar que ese pan con chicharrón, capaz de resucitarnos los domingos por la mañana después de una juerga épica, terminaría como embajador culinario, arrasando con todo rival que intente sentarse a la misma mesa.

De algo nos tenemos que agarrar. Por ahora es el mundial de desayunos, mañana puede ser cualquier otra tontería que nos haga vibrar el necesitado corazón: el mundial de ruinas, el mundial de paisajes, o, si se ponen creativos, el mundial del tráfico más caótico o el mundial de políticos corruptos. Allí sí no hay quien nos gane: oro, plata, bronce y menciones honrosas aseguradas.

Caballero no más. Otra vez veremos el mundial de fútbol por TV, alentando a otros equipos. Pero esta vez lo haremos con nuestro imbatible pan con chicharrón en la mano: campeón de campeones, hecho con la “mano de dios”, nuestro verdadero Messi.

¡Buen provecho!

 

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