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Koki Higa: Las veces que te lloré

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“El llanto es tan saludable como el sudor y más poético”.
(Alejandro Casona)

Hace un mes que partió mi padre y me parece que el tiempo ha pasado demasiado rápido. A veces pienso que todavía no he procesado ni asimilado su ausencia. Quizá no haya derramado aún todas las lágrimas que llevo dentro.

Lloré cuando sufrió la caída que terminaría afectando seriamente su salud. Verlo allí, tendido en la cama, fue una imagen que me removió por dentro.

Luego pasaron semanas y meses en los que, más que entristecerme, asumí la actitud de sacar la situación adelante, con visitas diarias, conversaciones con médicos, paseos y el esfuerzo por mantener una expectativa positiva frente al futuro.

Pero la realidad no siempre mira hacia donde uno quiere y su deterioro se fue haciendo evidente.

Un día, el doctor nos dijo que podíamos retirarle la sonda nasogástrica por la que recibía sus alimentos y medicinas. Mi primera pregunta fue, naturalmente:
-¿Y cómo se va a alimentar?
No tuve que esperar la respuesta para comprender.
Ya no era necesaria aquella bendita sonda contra la que habíamos luchado tantas veces. Por fin se la íbamos a quitar, pero no porque hubiera mejorado, sino porque ya solo era cuestión de esperar.

Entonces se me cayeron todas las lágrimas que había guardado durante tantos meses. Ocurrió justo en el instante en que la certeza de lo inevitable se cruzó en mi camino.

No habían pasado más de dos días cuando, a punto de comer una hamburguesa de Bembos, vi en la pantalla del celular que entraba una llamada de la enfermera que cuidaba a mi papá.

Antes de contestar, supe el motivo.
Transcurrieron unos segundos eternos. Por mi mente pasaron partidos de fútbol, conversaciones, risas y momentos compartidos.

Tenía que responder, pero, al mismo tiempo, quería dejar que el teléfono siguiera sonando. Como si, al ignorar la llamada, pudiera postergar la noticia que no quería recibir.

Finalmente contesté. Dejé la comida sobre la mesa, subí al carro y partí a toda velocidad por la avenida Velasco Astete, rumbo a su casa.

Verlo allí, inerte sobre la cama, me llenó de una profunda tristeza. Pero tengo que confesar que, junto con la tristeza, sentí también algo de alivio, su sufrimiento había terminado.

Después comenzó un periodo de movimiento y desorden. Uno tiene la melancolía a flor de piel y, al mismo tiempo, debe encargarse de los innumerables trámites que siguen a un fallecimiento, el certificado médico, el velorio, la elección del lugar, definir los bocaditos, hacer las llamadas a familiares y amigos, y un interminable etcétera.

Hay que tomar decisiones cuando uno quisiera detenerse. Hay que conversar cuando uno preferiría guardar silencio. Hay que recibir abrazos, agradecer condolencias y responder preguntas cuando todavía no se comprende del todo lo que acaba de suceder.

Ahora, después de un mes, cuando me preguntan cómo estoy, casi siempre respondo:
-Estoy bien, tranquilo. Mi papá ya está descansando.
Y es verdad. Estoy tranquilo, pero esa tranquilidad no significa que su partida haya dejado de doler.

Cada persona procesa las ausencias a su manera y a su propio tiempo. Yo voy encontrando a mi padre en los recuerdos que aparecen sin avisar, cuando paso por algún lugar conocido, cuando me tropiezo con sus comidas, sus canciones o sus libros favoritos, cuando recuerdo alguna frase suya o siento el impulso de contarle algo y, por un instante, olvido que ya no puedo llamarlo.

Porque el duelo es eso, creo yo, aprender a despedirse muchas veces de la misma persona.

Sé que las lágrimas volverán. Quizá cuando menos lo espere, serán mi manera de ir comprendiendo su pérdida y de agradecer el camino que transitamos juntos.

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