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Koki Higa: Erabitori

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“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”.
(William Shakespeare)

¿Quién no conoce esa antigua tradición japonesa llamada Erabitori, en la que un bebé es colocado frente a diversos objetos y, generalmente gateando, elige uno de ellos?

Hace poco conversábamos en familia sobre ese ritual. Entre risas, recordábamos, o quizá imaginábamos, cuál había elegido cada uno de nosotros.

La ceremonia consiste en colocar frente al niño una serie de objetos a los que se les atribuye un significado simbólico. Cada uno representaría una vocación, un talento o un posible camino de vida. Nada más que una divertida especulación, por supuesto:

Billetera o dinero: prosperidad o éxito financiero.
Libro: inteligencia o inclinación por los estudios.
Lápiz o pincel: escritor, artista o académico.
Pelota: deportista.
Instrumento musical (pandereta o maracas pucalpinas): músico.
Estetoscopio: médico.
Juguete: personalidad alegre o creativa.

Como vemos, se trata de una selección de objetos tan amplia y arbitraria que difícilmente podría anticipar el futuro de alguien. Y, sin embargo, la ceremonia sigue emocionándonos. Quizá porque, más allá de cualquier significado, captura un instante irrepetible de la infancia que queda para siempre en la memoria familiar.

Me cuentan que yo elegí la pandereta, aunque perfectamente podrían haber sido los palitos de tejer.

A los seres humanos nos gusta pensar que existe un orden oculto detrás de las cosas. Buscamos señales, hacemos pronósticos, intentamos encontrar explicaciones y, de alguna manera, tranquilizarnos creyendo que el futuro ya está escrito.

Si el Erabitori hubiera nacido en el Perú de hoy, probablemente tendríamos que ir actualizando los objetos conforme cambian los tiempos y aparecen nuevas profesiones.

Celular: influencer.
Factura: cobrador de impuestos de la Sunat.
Llave de carro: chofer de combi.
Banquito: vendedor de colas en conciertos o partidos.
Caja de delivery: repartidor de Rappi.
Silbato: afilador de cuchillos.

Dentro de algunos años la lista volverá a cambiar. Aparecerán objetos que hoy ni siquiera imaginamos y desaparecerán otros que nos parecen indispensables. El mundo cambia demasiado rápido como para creer que un puñado de cosas sobre el piso pueda definir una existencia.

Porque, en realidad, ninguna elección es buena o mala por sí misma. Ninguna garantiza riqueza, paz o felicidad. Tampoco condena a nadie. Las personas terminamos siendo mucho más que una vocación, una profesión o un talento descubierto en la infancia.

Tal vez el verdadero sentido del Erabitori no sea intentar descubrir quién seremos, sino recordarnos que el camino se va construyendo con cada decisión que tomamos y con esa inevitable cuota de azar que siempre acompaña a la vida.

Al final, el futuro nunca estuvo sobre el piso, entre una billetera, una pelota o un libro. Siempre está delante de nosotros, esperando la siguiente decisión.

Pero, mientras tanto, nadie nos quita la diversión de gritarle al pobre bebé, que no entiende nada de nada:

“¡No, ese no… agarra el otro!”

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