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Koki Higa: Historias de vida luego del tsunami. El teléfono del viento

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“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”.

(Paul Géraldy)

En las últimas semanas he venido compartiendo algunas historias de vida surgidas luego del terremoto y tsunami que azotó Japón en el año 2011. Historias de personas comunes que, viviendo circunstancias extraordinarias, encontraron maneras particulares de transita sus pérdidas.

Esta vez quiero contarles otra que me conmovió especialmente (y probablemente con esta termine).

En el año 2010, un japonés llamado Itaru Sasaki perdió a un primo muy querido. Vivía en Otsuchi, ciudad costera de la prefectura de Iwate.

Como sentía que todavía tenía muchas cosas que decirle, decidió instalar una cabina telefónica en su jardín. Dentro colocó un antiguo teléfono negro, de esos que tenían un disco para marcar los números.

Lo curioso es que el aparato no estaba conectado a ninguna línea.

El Sr. Sasaki simplemente entraba a la cabina, levantaba el auricular y “conversaba” con su primo fallecido. Imaginaba que sus palabras viajaban con el viento y que, de alguna manera, llegaban hasta él.

Por eso lo llamó el teléfono del viento.

Un año después ocurrió el terrible terremoto y posterior tsunami. La ciudad quedó prácticamente destruida y unas dos mil personas perdieron la vida.

Viendo tanto sufrimiento a su alrededor, decidió abrir su jardín para que otros pudieran utilizar aquel teléfono.

Y comenzaron a llegar.

Padres que habían perdido a sus hijos, esposas que querían “conversar” con sus maridos, hijos que querían “escuchar” nuevamente a sus padres, aunque sabían perfectamente que nadie contestaría.

Algunos hablaban durante largos minutos, otros lloraban y muchos simplemente permanecían en silencio, sosteniendo el auricular.

Con el paso de los años, miles de personas han visitado aquella cabina.

Me parece extraordinario que algo tan sencillo, un teléfono que no funciona, pueda significar tanto para quienes han perdido a alguien querido.

Y, mientras leía esta historia (como siempre me ocurre que regreso a mi propia vida), inevitablemente pensé en mi papá y en mi suegrita, quienes partieron hace poco.

Sentí muchas ganas de estar en Nihon, en aquel jardín, entrar a esa cabina y levantar el auricular.

No porque crea que realmente voy a escuchar sus voces al otro lado de la línea, sino porque me gustaría tener nuevamente la oportunidad de “conversar” con ellos.

Pienso que no nos quedaron temas pendientes. Tuvimos tiempo para hablar, compartir, reírnos y para decirnos muchas cosas. No me quedé con la sensación o remordimiento de que había algo importante que debí decirles y no lo hice.

Pero igual quisiera llamarlos.

A mi papá, para decirle una vez lo importante que fue su ejemplo en mi vida.

Y a mi suegrita, para compartirle lo afortunado que me siento de ser parte de su familia.

A ambos les diría que fueron ejemplos de generosidad, integridad y sobre todo de buen humor. Esas cualidades, que quizás para ellos eran simplemente su manera natural de vivir, dejaron una huella en quienes tuvimos la suerte de conocerlos.

También les contaría algunas cosas que han pasado desde que se fueron. O simplemente les preguntaría cómo están, aunque sepa que nadie va a responder.

Entiendo a quienes viajan hasta aquel jardín japonés para utilizar un teléfono desconectado, no necesariamente porque tengan algo pendiente que decir (o sí), sino porque cuando queremos a alguien, siempre encontramos algo más que contarle, y porque nunca va a estar demás levantar el teléfono (una vez más) para decirles cuánto los extrañamos.

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