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Ganbateando: 120 años de historia, nostalgia y perseverancia nikkei

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Siempre cuenta con elenco que difundan el arte peruano.

Cantante Beto Shiroma estuvo en la celebración por los 120 Años de la Inmigración Okinawense al Perú.

ESCRIBE: ROGER GONZALES ARAKI

«Con sueños e ilusiones y una deuda pendiente, Ramón se va a trabajar al País del Sol Naciente. Aquí lo que más le cuesta es poder comunicarse; entre tanta indiferencia, difícil es aguantarse (…) Hay gente que discrimina y lo provoca por nada…».

Estas fueron algunas de las estrofas que retumbaron en los parlantes de la AELU el último domingo de octubre, cuando Beto Shiroma interpretó Ganbateando.

¿Cuántos «Ramones» habrá actualmente en Japón? Personas que dejaron a sus familias con la ilusión de encontrar mejores oportunidades y salir adelante en el País del Sol Naciente, pero que, en el camino, tuvieron que enfrentarse a diversas adversidades, entre ellas, la discriminación y el maltrato.

Beto contó que se le ocurrió ponerle Ramón al protagonista de su canción en alusión a Ramón Quiroga, el arquero nacionalizado peruano que defendió la camiseta de nuestra selección. Quizás la referencia no sea tan lejana: al igual que muchos migrantes, Ramón también terminó representando al Perú.

Participó el grupo Soluna.

Había visto muchas veces a Beto en videos de YouTube, pero nunca había tenido la oportunidad de escucharlo en vivo. Esta vez se presentó la ocasión. Nunca fui dekasegi, pero tengo familiares que sí vivieron esa experiencia y, a través de sus testimonios, conocí lo difícil que puede ser abrirse camino en Japón.

Quienes nunca hemos vivido allí podemos imaginar que todo es bonito, casi como un país de las maravillas, donde las personas siempre te reciben con amabilidad. Sin embargo, la canción de Beto refleja una realidad distinta: las dificultades, la nostalgia y las experiencias que forman parte de la vida de muchos dekasegi.

Sé que no es novedoso comentar algunos fragmentos de la letra de esta canción, pero considero oportuno hacerlo porque hace pocos días celebramos los 120 años de la inmigración okinawense al Perú. Son 120 años de historia, de tradiciones y de una identidad que se ha construido a lo largo de generaciones.

Si la canción de Shiroma habla de los migrantes latinoamericanos que viajaron a Japón, también nos invita a recordar a aquellos 36 hombres que llegaron al Perú a bordo del vapor Itsukushima Maru. Ellos también partieron con sueños e ilusiones, buscando mejores oportunidades, sin imaginar que aquella aventura migratoria marcaría el inicio de una historia que trascendería generaciones. También tuvieron que enfrentar dificultades, sacrificios y malos tratos. Porque la vida del migrante, sin importar el destino, suele estar llena de desafíos.

«Así comienza la chamba, ocho horas y comprendió, después de comer, a dormir y en medio del sueño Ramón cantó… ganbateando».

Siento que Ganbateando tiene canciones hermanas, no necesariamente por su ritmo, sino por ese sentimiento de nostalgia, esfuerzo y lucha frente a la adversidad. Me vienen a la memoria Muchacho provinciano, de Chacalón, y Cuando pienses en volver, de Pedro Suárez-Vértiz. Todas, desde distintas perspectivas, retratan lo que significa estar lejos de casa y enfrentar las dificultades de salir adelante. En definitiva, lo difícil que puede ser ser migrante.

Creo que esta canción consigue algo que no todas logran: conectar generaciones a través de un sentimiento compartido. Y eso pude comprobarlo durante la celebración realizada en la AELU el pasado 25 de octubre.

Muchas veces escuchamos que los jóvenes se están alejando de la comunidad nikkei y que las actividades congregan principalmente a personas mayores. Sin embargo, aquella tarde vi a muchos jóvenes disfrutando del concierto, saltando y cantando con alegría los temas de Beto, junto a personas de distintas generaciones. Y no, no era solamente por el sake o la cerveza.

Había algo más. Quizás era la identificación con una historia de sacrificio, nostalgia y perseverancia. O la satisfacción de reconocer que, pese a las dificultades, muchas familias lograron salir adelante y construir una nueva vida.

No importa el ritmo ni las canas. Lo que importa es el kimochi, ese sentimiento que nos conecta con nuestras raíces, con quienes nos precedieron y con quienes siguen construyendo esta historia.

Y, por supuesto, ¡seguir ganbateando!

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