“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”.
(Fernando Pessoa)
Nos encanta viajar, ya sea solos o acompañados. Eso de descubrir nuevos destinos sí va con nosotros.
Todo empieza cuando una idea ronda por el ambiente: “¿Y qué tal sería si…?”, “Qué chévere se ven esas fotos…”, “Debe ser emocionante estar allí…”.
Luego viene una ligera investigación sobre precios, accesibilidad, visa, clima y agenda personal. Finalmente, llega la decisión y exclamo: “Ya está. Nos vamos tal día”.
Desde ese momento empieza un periodo que podría llamar felicidad previa. Es la sensación de saber que algo bueno se aproxima y que, desde mucho antes, ya me llena de entusiasmo. A veces faltan meses, pero en mi cabeza la travesía ya comenzó.
Me gusta planear lo que haré durante cada jornada, calcular cuánto gastaré y decidir qué ropa o implementos necesitaré. Una visita a un museo no exige demasiado, una caminata por la montaña requiere buenos zapatos, poncho de plástico y hasta paraguas. Al final, todo eso determina el tamaño de la maleta.
Pero hay cosas que nunca faltan: una libreta, un lapicero, una tijera pequeña y una goma en barra.
Ese cuadernito es mi bitácora.
Por las noches del viaje escribo lo ocurrido durante ese día. No solo registro actividades, sino también impresiones, anécdotas y emociones. Siempre pienso que alguna vez releeré esas páginas, aunque, después de volver a casa, rara vez lo hago.
También recojo algún papel que encuentre en cada lugar, como una tarjeta, una servilleta, un ticket, un panfleto o propaganda que pueda pegarse y que me ayude a recordar visualmente ese sitio visitado. En el hotel, antes de acostarme, recorto con prolijidad esos pequeños hallazgos y voy armando una especie de diario artesanal de la aventura.
Mi familia ya conoce la importancia que tiene para mí esta costumbre (ciertamente inútil), así que me concede el tiempo y el espacio necesarios para cumplir con mi pequeño ritual.
Descubrir otras ciudades, culturas y personas es fascinante. El mundo es ancho y ajeno, como diría Ciro Alegría, y también vasto e inabarcable. Una esquina puede sorprenderme, una costumbre mostrarme lo diferentes que somos y una cafetería enseñarme que, en el fondo, todos buscamos algo parecido: experiencias, compañía y tranquilidad, siempre con algún aroma que nos recuerde a casa…
Tengo muchos de esos cuadernos acumulados en mi mesa de noche. Son testigos de mi dromomanía, esa inclinación casi irresistible por andar de un lado a otro.
Aunque rara vez los abra, me gusta saber que siguen allí.
Porque algún día olvidaré el nombre de aquella calle, qué pedimos en aquel restaurante o por qué nos reíamos tanto esa tarde. Entonces abriré una vieja bitácora. Entre sus páginas aparecerá un ticket amarillento, una servilleta doblada o una tarjeta. Reconoceré mi letra y, de pronto, regresarán las voces, las risas y los rostros de quienes compartieron conmigo el camino.
Allí comprenderé que aquella costumbre aparentemente inútil nunca fue para conservar los sitios que conocí.
Fue sobre todo para conservar a las personas con quienes los viví.
Porque mientras creo que guardo recuerdos, sin darme cuenta, voy guardando pedacitos de mi vida.
Y tú, amigo lector, ¿tienes algún ritual cuando viajas?






