El coordinador del Salón de Arte Joven Nikkei hace un balance de una década de trabajo con más de 200 jóvenes artistas y reflexiona sobre la identidad nikkei, la diversidad cultural y los desafíos de conectar a nuevas generaciones.
Hace pocos días culminó el X Salón de Arte Joven Nikkei y Haroldo reflexiona sobre los logros del proyecto, las distintas formas de vivir la identidad nikkei en el Perú y los nuevos desafíos para fortalecer los vínculos entre las generaciones de artistas de la comunidad peruano-japonesa.
¿Qué te deja como conclusión luego de este 10.º Salón de Arte Joven Nikkei?
Me deja la certeza de que el arte puede contribuir al desarrollo, la integración y el reconocimiento de una comunidad. A lo largo de estos diez años, desde el Programa de Arte Joven Nikkei hemos trabajado con más de 200 jóvenes artistas nikkei a través de distintas plataformas. El Salón, nuestra iniciativa más emblemática, ha reunido a más de 110 participantes.
Más allá de exhibir obras, buscamos que los jóvenes pudieran desarrollar sus prácticas creativas, obtener reconocimiento y encontrar un espacio para conectar sus memorias, historias y experiencias personales y familiares con la comunidad nikkei.
El proceso también les permitió reflexionar sobre su identidad y descubrir que esta puede construirse desde múltiples experiencias, diferencias y particularidades.
Creo que uno de los principales logros ha sido contribuir a que más jóvenes se reconozcan como creadores y comprendan que forman parte de una historia compartida, aunque se relacionen con ella de maneras distintas.
¿Cómo empezó este proyecto? ¿Cuál fue el objetivo?
El proyecto empezó a tomar forma mientras cursaba la Maestría en Gestión Cultural, Patrimonio y Turismo en la Universidad de San Martín de Porres. Junto con mi maestro y asesor, el doctor José Carlos Hayakawa, conversábamos sobre la posibilidad de desarrollar una investigación que, además de aportar al conocimiento, tuviera una utilidad concreta para una comunidad. Entonces pensé en articular los tres ámbitos de mi trayectoria: las artes plásticas, la docencia y la gestión cultural.
A partir de mi experiencia en el mundo del arte, había observado dos dificultades: por un lado, muchos artistas jóvenes tenían pocas oportunidades para mostrar y difundir su trabajo; por otro, varios jóvenes nikkei estaban alejados de las instituciones más representativas de la comunidad.
En 2016 elaboré una base de datos de más de 200 jóvenes artistas nikkei de distintas partes del país. Ese mapeo me permitió dimensionar la necesidad y pensar en un programa que no se limitara a organizar una exposición, sino que generara diversas oportunidades de participación, reconocimiento y encuentro.
En el 2016 me acerqué a la Asociación Peruano Japonesa (APJ) y tuve la suerte de conversar primero con el señor Akira Yamashiro y, posteriormente, con la señorita Miyuki Ikeho, entonces directora del Departamento de Cultura. Ella escuchó la propuesta y me pidió fundamentar su necesidad, viabilidad e impacto. No fue sencillo al comienzo: había que demostrar que se trataba de una iniciativa sostenible y valiosa para la comunidad. Luego, a finales de ese mismo año, convencí a Juan Peralta para que me acompañara como curador en esta aventura.
En 2017, gracias al respaldo del Departamento de Cultura de la APJ, nació el Salón de Arte Joven Nikkei, que dio pie a la creación del Programa de Arte Joven Nikkei, donde desarrollamos otras plataformas, como muralizaciones artísticas, ferias de arte joven —entre ellas Perú Gambarimashoo— y encuentros de artistas.
Con el tiempo, y especialmente a partir de la pandemia, el Salón se mantuvo como nuestra principal plataforma de trabajo. Estoy profundamente agradecido a la APJ y al Centro Cultural Peruano Japonés por la confianza y el apoyo brindados durante estos diez años.

¿Crees que se cumplió el objetivo?
Sí. El objetivo inicial era visibilizar y promover a los jóvenes artistas nikkei, acercarlos a oportunidades de desarrollo creativo y tender puentes con la comunidad y sus instituciones. El trabajo sostenido nos permitió contactar a muchos de los artistas que habíamos identificado, reconocer sus prácticas y ofrecerles un espacio para presentar sus obras y dialogar con el público.
Pero el resultado más importante no se mide solamente en la cantidad de participantes o exposiciones. También se encuentra en los vínculos que se generaron.
Algunos artistas se acercaron más a las instituciones nikkei; otros continuaron investigando su historia familiar y la cultura nikkei, o impulsaron iniciativas creativas dentro y fuera de la comunidad.
El Salón ayudó a construir redes, abrir conversaciones y generar nuevas formas de participación. Por eso considero que cumplimos el propósito trazado y dejamos una experiencia que puede servir de referencia para otras iniciativas de gestión cultural.

¿Fue una manera de consolidar el arte nikkei? ¿Qué es lo que lo caracteriza realmente?
Creo que el Salón contribuyó a ampliar y hacer más visible el espacio de reflexión sobre el arte nikkei, pero no diría que lo definió de una vez y para siempre. ¿Qué es el arte nikkei y qué lo caracteriza? Son preguntas abiertas que merecen seguir investigándose desde el arte, la historia, la cultura y la academia.
Durante estos diez años, una de nuestras principales líneas de reflexión ha sido la identidad o nikkeidad. Más de un centenar de obras han abordado, desde perspectivas muy diversas, las memorias, las historias familiares, la pertenencia, el mestizaje, las tensiones y las distintas maneras de vivir lo nikkei. Ese conjunto constituye un material valioso para futuras investigaciones.
La metodología curatorial del Salón ha sido fundamental gracias al apoyo invalorable de Juan Peralta, el curador que nos acompañó en todo este tiempo.
En esta metodología los participantes no solo presentaban una obra, sino que desarrollaban un proceso de investigación, diálogo y reflexión a partir de preguntas como «¿Qué significa ser nikkei?» o «¿Cómo se expresa lo nikkei en mi propia experiencia?». No buscábamos imponer una definición ni exigir que todas las obras compartieran una estética o un discurso. Nos interesaba que cada artista encontrara su propia voz.
Si algo ha demostrado el proyecto es que el arte nikkei no es una categoría cerrada: es un campo plural, en construcción, relacionado con la experiencia peruana y con las múltiples formas en que las personas elaboran su herencia japonesa.
¿Qué es lo que más te llamó la atención de cómo sienten su nikkeidad los jóvenes participantes?
Me llamó la atención la diversidad de experiencias y la distancia que podía existir entre las formas de vivir la nikkeidad de los jóvenes y las de generaciones anteriores, como los nisei y sansei. En muchos participantes, la peruanidad aparecía como una base fundamental de su identidad, junto con vínculos diversos —más o menos cercanos— con la cultura japonesa y con las instituciones de la comunidad.
En algunos jóvenes con una relación institucional más estrecha, la japoneidad tenía una presencia importante. En otros, que estaban alejados de las instituciones o se sentían poco representados por ellas, la identidad nikkei podía aparecer con dudas, distancia, temor o incluso rechazo, a veces asociados a experiencias de exclusión. Escuchar esas voces fue muy revelador.
Por eso considero esencial el enfoque de política de democracia cultural que orientó el Salón. No les dijimos cómo debía ser o sentirse una persona nikkei, qué debía saber ni qué símbolos debía representar.
Procuramos crear las condiciones para que cada participante pudiera explorar y expresar su propia experiencia, incluso cuando esta estuviera marcada por contradicciones o preguntas sin resolver. Comprendimos que la identidad no es uniforme ni estática: se construye, cambia y también se cuestiona. Ser nikkei puede significar cosas distintas para cada persona, y esas diferencias no debilitan a la comunidad; forman parte de su riqueza.
En algún momento dejaste de convocar solamente a artistas; ya no era necesario que fueran estudiantes de Arte. ¿Qué cambio trajo eso a las exposiciones?
Desde el comienzo entendimos cada edición como una oportunidad para revisar los límites del propio sistema del arte y ampliar las formas de participación. Empezamos convocando a artistas y, progresivamente, incorporamos a personas vinculadas con el diseño y con otros campos profesionales en los que también se desarrollan prácticas creativas.
Así llegaron jóvenes de áreas como las comunicaciones, el marketing, la ingeniería y la arquitectura, que trabajaban con fotografía, dibujo, lenguajes digitales y otros medios. Lo importante no era que todos tuvieran una formación académica en arte, sino que existiera una práctica creativa y una motivación genuina para reflexionar sobre la experiencia nikkei.
Esta apertura amplió las posibilidades expresivas del Salón y permitió que personas que quizá no se identificaban con el circuito artístico encontraran un lugar para participar. También reforzó una idea central del programa: la creación no pertenece exclusivamente a quienes han estudiado arte. Las experiencias, los conocimientos y los lenguajes son diversos, y esa diversidad puede enriquecer tanto la exposición como la conversación colectiva sobre la identidad.

¿Crees que los artistas jóvenes se acercaron más a la comunidad nikkei?
Sí, aunque ese acercamiento se dio de distintas maneras y no necesariamente significó que todos se vincularan de inmediato con las instituciones. El proceso curatorial, los temas de cada edición y las actividades complementarias —como catálogos, conversatorios, visitas guiadas y espacios de reflexión— propiciaron encuentros entre los artistas, sus historias y el público.
Muchos participantes continuaron indagando en sus memorias familiares, en la historia de la inmigración japonesa al Perú y en la cultura nikkei después de su experiencia en el Salón. También se generaron vínculos entre artistas que luego colaboraron en proyectos culturales dentro y fuera de la comunidad. Para mí, ese es un resultado importante de la gestión cultural: no limitarse a presentar productos artísticos, sino crear condiciones para el diálogo, la participación y la construcción de relaciones que puedan continuar en el tiempo.
Además, el proyecto ayudó a acercar a la comunidad institucional a jóvenes que antes se encontraban poco vinculados con ella. El Salón no pretendía que todos pensaran igual ni que se identificaran de una única manera, sino reconocerlos, escucharlos y abrir un espacio donde sus experiencias tuvieran legitimidad.
¿Habrá un 11.º Salón?
Con el décimo Salón hemos cumplido el objetivo que nos propusimos hace diez años, y nos sentimos muy satisfechos con lo construido. Creo que los proyectos culturales deben tener un propósito claro; cuando lo alcanzan, también es importante saber cerrar una etapa y preguntarse cuáles son los nuevos desafíos.
Eso no significa que el camino deba detenerse. El legado del Programa de Arte Joven Nikkei y del Salón debe continuar en las relaciones, las experiencias, las obras y las preguntas que quedan abiertas. Ahora me interesa impulsar una nueva etapa en la que los artistas nikkei puedan encontrarse y relacionarse de manera intergeneracional, integrando a distintas generaciones en una visión más amplia de la comunidad artística nikkei.
Me gustaría que, en el futuro, podamos hablar de una comunidad de artistas nikkei más conectada, en la que las generaciones compartan experiencias, conocimientos y oportunidades. Estamos pensando en nuevos objetivos y esperamos tener buenas noticias en 2027.
Quiero agradecer especialmente a la Asociación Peruano Japonesa, a su Departamento de Cultura, al Centro Cultural Peruano Japonés, a los artistas participantes, colaboradores y a Nikkei PLUS por el acompañamiento y el apoyo durante estos diez años. Dōmo arigatō gozaimashita. ¡Muchas gracias! ¡Estoy seguro de que nos volveremos a encontrar!








