“Hay dos maneras de vivir la vida: una es como si nada fuera un milagro; la otra, como si todo lo fuera”. (Albert Einstein)
¡Qué razón tenía mi profesor de geografía del colegio cuando hablaba de la variedad de papas que tiene el Perú!
Y un día, casi sin querer queriendo, sin arte ni parte en el cónclave, ni vela en el entierro del papa Francisco, empezaron a llegar las noticias de que el nuevo Sumo Pontífice era peruano, con DNI N.º 48904649, emitido el 2 de octubre de 2015: el señor Robert Francis Prevost.
Como la de muchos, mi primera reacción fue de incredulidad. “La gente estará bromeando —pensé—, siempre fastidiando, siempre metiendo chacota”.
Es obvio que somos un país con una locura siempre presente:
● Clasificamos a un Mundial luego de 36 años.
● Seguimos vivos a pesar de la incompetencia de nuestros políticos.
● Todos nuestros expresidentes están acusados de corrupción.
● Y un largo etcétera.
Pero de allí a que el Papa fuera peruano, había una gran distancia y era difícil de creer.
Incluso política y geográficamente era algo impensable. El anterior procedía de Sudamérica; por ende, era mucho más probable que el siguiente fuera europeo o incluso africano.
Algo habrán visto los más de 130 cardenales para decidirse por un estadounidense-peruano que dirija el rumbo de la Iglesia durante los siguientes años.—Prevost eligió (libremente) vivir en el Perú durante casi veinte años, pidió la ciudadanía de ese país, comió ceviche de carretilla y hamburguesas con mayonesa en la avenida Abancay. Si sobrevivió a todo eso, no hay duda alguna de que está algo demente y es de los bravos. Podemos elegirlo sin temor.
Me imagino que ese debió de haber sido el comentario predominante en los pasillos del Vaticano antes de tener el ansiado humo blanco y pregonar el «Habemus Papam».
E, inmediatamente después de que se confirmara la noticia, no tardaron en aparecer todos los memes que demuestran nuestra infinita creatividad y las fotos que guardaban los peruanos cuando departían con el entonces padre Robert, quien, de un día para otro, cubría de santidad todo lo que tocó. ¿Quién iba a pensar que el mismísimo sucesor de Pedro me dio la comunión, me hizo los coros en la canción de la misa, me bautizó o hasta bendijo mi equipo de fútbol? Una cosa de locos.
Así es nuestro país y era lo que nos faltaba. Ahora no solo se dice que Dios es peruano, sino que el Papa también lo es. El ahora famosísimo Chiclayo tiene que prepararse para recibir a los millones de fieles que querrán conocer dónde comió anticuchos y picarones el papa León XIV.
Ojalá sigan los milagros en nuestro país: no nos caería mal crecer al 5 % anual, tener seguridad en las calles, acabar con la corrupción y volver al Mundial.
Con las oraciones del nuevo Papa y nuestro ejemplo, quizá algún día lo logremos.
Amén…






