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Koki Higa: La puntualidad

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“La puntualidad es la virtud de los aburridos”.

(Evelyn Waugh)

Unos días atrás tenía programada una reunión de negocios en mi oficina.La cita era a las 10 de la mañana.

El reloj marcó esa hora y nada, no aparecía el señor. Ni una llamada, ni medio mensaje por WhatsApp.

Pasados 30 minutos, aún seguía sin noticias del posible socio. “¿Le habrá pasado algo en el camino?”, me preguntaba con cierta preocupación.

Finalmente, se presentó a las 10:45 a. m.

-¿Todo bien en el trayecto? Porque la reunión era a las 10, ¿no? —pregunté, dándole la oportunidad de explicarse y disculparse.

-Hubo mucho tráfico en el camino – me respondió.

Luego de esas palabras, ya no iba a ser necesario interactuar con esa persona ni, mucho menos, conocer los detalles de su propuesta (objeto, monto, plazo o rentabilidad del proyecto). Simplemente le dije, sin mucho remordimiento, que a las 11 ya tenía otra reunión agendada y que solo contábamos con 15 minutos para conversar, lo cual fue más una formalidad sin sentido. Mi decisión ya estaba tomada, no iba a hacer ningún trato con alguien que llega tarde a una reunión y, peor aún, que no sabe disculparse por esa falta de respeto al tiempo ajeno.

Por otro lado, en otra oportunidad tenía una reunión en un café a las 5 de la tarde. Tengo una manía (casi obsesión) que me obliga a estar al menos 10 minutos antes de cualquier compromiso (no lo digo como virtud, a veces es hasta angustiante y desgastante querer llegar temprano). Llegué al lugar y vi que la persona con la que iba a conversar ya estaba allí.

-Siempre estoy 15 minutos antes de la hora, lo aprendí de unos amigos alemanes – me comentó.

Para mí, la puntualidad es una de las formas más concretas que tenemos de expresar respeto (o su ausencia) hacia otra persona. La gran mayoría de los sustantivos se vuelven gaseosos y difíciles de comprobar. Es difícil medir el cariño, el amor o la empatía.

Considerando que el tiempo es lo más valioso que tenemos en esta vida, respetarlo debería ser una de nuestras prioridades. Y la forma más simple de medir ese respeto es llegando a tiempo (y, si voy a retrasarme, lo mínimo es avisar con anticipación para que la otra persona decida si quiere o no esperarme).

No hay mayor ciencia: o llegas a la hora o no llegas.

Peor aún cuando la reunión involucra a varias personas y se retrasa por la impuntualidad de uno de los miembros. Siempre me gusta hacer el ejercicio aritmético de multiplicar los minutos perdidos por la cantidad de gente presente.

Al final, aquella mañana no perdí 45 minutos, sino que los invertí en entender con quién no debo hacer negocios. Porque, aunque suene contradictorio, hay personas que llegan tarde a una reunión, pero son puntuales a mostrarse exactamente lo que se puede esperar de ellas.

Y tú, querido lector, ¿eres de los que valoran el tiempo o de los que creen que el mundo siempre puede esperar un poco más?

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