“El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados”.
(Jean Paul)
Soy de hábitos sencillos.Uno de los momentos que más disfrutaba cuando vivía en Okinawa era el desayuno.
No es que yo mismo lo preparara con esmero antes de ir a estudiar. Por el contrario, salía apurado y, en el camino, me dirigía con impaciencia al Family Mart, una tienda de conveniencia que vendía de todo.
Allí, casi como un ritual, tomaba un onigiri de atún con mayonesa y una botella de té de limón helado, pagaba en caja y me iba a una banca del parque. Abría la envoltura, acomodaba el nori y saboreaba cada bocado como si fuera el último. Era un instante de felicidad. Así comenzaba mi día, luego venían las clases en la universidad.
Las últimas semanas de mi estancia por esos lares me hacía la pregunta existencial más importante:-¿Qué pasará conmigo cuando regrese al Perú y no encuentre un Family Mart y, menos aún, un onigiri?
Más que mi futuro laboral, académico o sentimental, me preocupaban mis futuros desayunos.
Resignado, fui consciente de que los onigiris eran parte de la cultura de Nihon y que difícilmente iban a salir de allí. Caballero nomás.
Ya de regreso en el Perú, anhelaba con sincera nostalgia el atún con mayonesa dentro de un arroz envuelto en nori, pero acepté que no lo iba a encontrar.
Así pasaron más de veinte años.
Allí hubiera terminado la historia, pero unos meses atrás entré a un Oxxo en San Borja para comprar emoliente (está buenazo, lo recomiendo) y, cuando me acerqué a la caja para pagar, no pude creer lo que veían mis ojos.
Estaban allí: de teriyaki, de miso y, por supuesto, de atún con mayonesa.Un pequeño estante con onigiris bajo la marca Edo.
-Señorita, ¿cómo se llaman estas cosas? – le pregunté a quien atendía, solo para comprobar que no estaba soñando.-Son onigiris, señor – me respondió amablemente.
Salí de la tienda a tomar aire. Estaba emocionado y sorprendido. ¿Cómo era posible que en Lima, a miles de kilómetros de Nihon, en una tienda de una cadena mexicana, estuvieran vendiendo mi desayuno favorito? ¿Qué mejor ejemplo de la palabra “globalización”?
Sentí que regresaba, al menos por unos minutos, a mi época de estudiante en Okinawa. Volví a la tienda, busqué un té de limón helado, tomé un onigiri, pagué en caja y me fui al parque del costado. Me senté, lo abrí y disfruté nuevamente cada bocado. No tenía nada que envidiarle al del Family Mart.
Desde ese momento, de vez en cuando, vuelvo a desayunar como en Okinawa.
Si bien ya no estudio música, me reconforta saber que sigo siendo el mismo chibolo que se emocionaba con el sabor y la textura, y que encontraba su sencilla felicidad sentado solo en la banca de un parque con un arroz triangular, mientras el mundo sigue girando alrededor.
(Aclaro que no tengo vínculo alguno ni con Oxxo ni con Edo, aunque no me molestaría si me quieren enviar algunos onigiris).






