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Koki Higa: Lucha Libro

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“El arte debe ser a gusto, diversión y alucinación”.

(Naguib Mahfuz)

Me encanta lo que viene haciendo el Colegio La Unión. Innovan, se arriesgan y, sobre todo, ofrecen a sus alumnos un abanico de experiencias (además, han tenido la generosidad de editar dos libros de mi autoría).

Una de esas iniciativas utiliza la literatura como forma de arte.

Hace unos días tuve la suerte de ser invitado como jurado de un concurso muy particular que el colegio organiza todos los años. Se llama Lucha Libro (como lucha libre, pero con libro).

Es un formato tan divertido como ingenioso, que ya se realiza en distintos países y que busca incentivar la creatividad y también pasarla bien.

El escenario simula un ring de boxeo. Dos alumnos aparecen enmascarados, al mejor estilo del cachascán mexicano, y se ubican frente a frente, cada uno con una computadora sobre su mesa. Cuando comienza el combate reciben tres palabras y disponen de apenas siete minutos para escribir un texto que las incluya.

Pero allí no termina el desafío. Cada participante escribe en una pantalla que todos podemos ver en tiempo real. El público sigue cada palabra, cada duda y cada corrección mientras las barras alientan sin descanso, la música retumba a todo volumen y el animador recuerda, una y otra vez, que el tiempo se acaba.

Mientras intentaba mantener la compostura que se espera de un jurado serio (cosa que claramente no soy), miraba a esos alumnos sobre el ring e imaginaba la presión que debían sentir, escribir una historia aceptablemente buena, rodeados de ruido, con los gritos de sus compañeros, el reloj corriendo en contra y sabiendo que todos estaban leyendo cada línea que aparecía en la pantalla.

Terminados los siete minutos, el trabajo pasa a manos de los tres jurados. También nosotros debemos leer, evaluar y calificar los textos en tiempo récord, siguiendo criterios previamente establecidos, para decidir quién avanza a la siguiente ronda.

Así sucesivamente hasta la gran final, cuando uno de los participantes levanta el cinturón de campeón de ese año.

No es un reto sencillo para los competidores.

Aunque los protagonistas sean alumnos de colegio, la actividad termina siendo una buena metáfora de la vida. Todos, tarde o temprano, terminamos peleando nuestros propios combates con el ruido alrededor, con las expectativas de los demás, con el reloj que nunca deja de avanzar y, muchas veces, con nosotros mismos. El verdadero desafío consiste en aprender a ignorar los estímulos externos para sacar la mejor versión de lo que somos.

Spoiler para esos alumnos: la vida casi siempre es así, pero la buena noticia es que, a diferencia del concurso, a veces podemos seguir escribiendo la historia.

Felicitaciones al Colegio La Unión por organizar actividades como esta. Son originales, inteligentes y, sobre todo, inolvidables.

Si vuelven a invitarme como jurado el próximo año, prometo llevar mi propia máscara de cachascán mexicano…

 

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