“Quizá mi única noción de patria sea esta urgencia de decir “Nosotros”,
quizá mi única noción de patria sea este regreso al propio desconcierto”.
(Mario Benedetti)
Leí en las noticias que a partir del próximo mes ya no necesitaremos visa para turismo en Japón. Realmente una excelente noticia, y una de las pocas buenas gestiones de este gobierno.
Así que en un futuro cercano volveré (ya sin tener que tramitar la visa), para probar ese delicioso soba en las afueras de la ciudad de Nago.
Estar en Japón fue un gran redescubrimiento de mi peruanidad. Me imagino que es un proceso por el que muchos nikkei hemos pasado.
Nací y crecí en Perú teniendo cara de ponja. O sea, hablo el idioma español, estoy inmerso en su cultura y entiendo el humor peruano, pero mis rasgos son orientales.
Luego, por alguna circunstancia de la vida, tuve la oportunidad de viajar a Japón y en el avión de ida pensaba: “por fin estoy yendo a Japón, es muy probable que allí sí encuentre mi lugar en este mundo, en esta vida”.
Pero (porque siempre hay un pero en el cuento) la primera vez que fui a comprar un onigiri de atún al Family Mart me di cuenta de que había estado equivocado, descubriendo en un solo episodio todas las caras y emociones que puede emitir un ser humano.
La chica que me atendió me miró con normalidad: era un japonés más entre los miles de japoneses que entraban a esa tienda de conveniencia. Hasta allí todo bien.
Recogí los productos y los llevé a la caja. La empleada me sonrió cordialmente y me hizo alguna pregunta en nihongo que no entendí ni un carajo (¿quiere que se lo caliente?, ¿desea una bolsa? ¿no quisiera agregar una bebida?, etc.). En ese momento, fui consciente de que unos ojos rasgados (los míos) no hacen una identidad.
-Sumimasen, nihongo dekinai – me disculpo torpemente (habrá sonado como “perdón, no hablar japonés)
Allí la chica me regaló otra expresión, la de sorpresa. ¿Cómo puede una persona japonesa no hablar japonés?
-Peruu kara kimashita – exclamé, recordando mi lejana clase de nihongo.
De la sorpresa vino la cara de compasión. Con cierta paciencia me trató de explicar si quería que el onigiri lo calentara y me señaló el monto total que salía en la caja registradora. Incluso, me ayudó a seleccionar los billetes a usar.
Yo entré con la ilusión de creerme ponja y salí con la cara de frustración, similar a cuando me sentía perdido estando en el Perú, pero al revés: tengo el color de piel en el lugar correcto pero el idioma, costumbres y sentido del humor están a miles de kilómetros de allí.
(Una canción ideal a manera de música de fondo sería ”Nowhere man” de Los Beatles).
Mientras regresaba al apato comiendo mi onigiri pensaba que el lugar para sentirme en casa no existe. No era Lima, no era el Family Mart.
Después de algún tiempo supe que la solución no estaba en un viaje, al menos no en uno en avión, sino más bien en uno hacia mi interior, de aceptación de mi pasado, de cariño por lo que soy en el presente y de agradecimiento por todos los que estuvieron antes de mí (los que cruzaron el océano con sus propias ilusiones y desilusiones).
Cada uno tendrá su propia conclusión, en mi caso tuve que ir y regresar para comprender que el idioma y la cultura definen mi hogar, es decir el Perú (aunque quién sabe, ahora que ya no necesito visa, el sashimi tome la delantera frente al ceviche).
Y tú querido lector, ¿has sentido algo similar?, ¿en qué lado del océano te sentiste más a gusto?






