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Koki Higa: Menos pastillas

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“El arte de la medicina consiste en entretener al paciente mientras la naturaleza cura la enfermedad”.

(Voltaire)

Desde que tuve un infarto, allá por el 2019, me convertí en un cliente más que recurrente de las empresas farmacéuticas, siempre pendiente de tener un buen stock de aspirina de 81 y atorvastatina de 40 (y eso que hasta hace dos años tomaba dos pastillas más). Algo que, por supuesto, está lejos de gustarme.

Por eso, hace unas semanas saqué mi cita con el cardiólogo para mi chequeo periódico y fui con una intención clara, inocente y firme de decirle que tenía que retirarme una o ambas pastillas.

Sentía que estar tomando esas cosas me afectaba el ánimo y, quién sabe, si me estaban haciendo bien o, por el contrario, me estaban llevando a una siguiente obstrucción arterial.

-Uhmm, señor Higa, veo difícil acceder a su pedido.-¿Pero por qué, doctor?-A ver, en términos sencillos, la aspirina evita que se formen coágulos, como si impidiera que se hagan grumos que tapen las tuberías. Y la atorvastatina baja el colesterol, que antes estaba en más de 300 y lo óptimo es que este en menos de 200, para que esas tuberías no se vayan cerrando ni dañando, como pasa con calles limeñas.

-Pucha, doctor…-Estire el brazo por favor que le voy a medir la presión.

Yo reniego, pero obedezco.

-¿Qué pasa, doctor? ¿Por qué esa cara?-Es que veo que está con la presión alta. A ver, chequemos nuevamente.-…-Sí, efectivamente. Para comprobarlo, le vamos a hacer un monitoreo por 24 horas y luego veremos si es solo por su malestar en este momento o si es que es hipertenso.

Ya se podrán imaginar el resultado de esa revisión. Fui por lana y salí trasquilado. Lejos de reducirme la medicación anterior, salí, carajo, con dos nuevas pastillas, ahora para la presión alta: olmesartán de 20 y tiazid de 12.5.

Quería alejarme de la farmacia y ahora me parezco todavía más a un Inkafarma.

¿Habrá alguna manera de revertir la relación directa entre la edad y la cantidad de medicamentos? ¿Tal vez con más deporte, con una mejor alimentación, con menos preocupaciones (dejando de ser directivo institucional), con menos apego en general? ¿Cuánto menos se viviría sin tomar pastillas? ¿Valdría la pena intentarlo?

Luego de reflexionar un poco creo que tomo pastillas no porque quiera, sino porque quiero quedarme. Quiero ser testigo de las victorias de mis hijas y terminar de escribir mi propia historia. Acepto el trato, cambio un puñado de químicos por un puñado de años. “Es el precio que hay que pagar”, me dijo el doctor.

Eso sí, si el próximo año me sube una más, me cambio de médico.

Y tu amigo lector, ¿cuántas pastillas desayunas para seguir en el camino?

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