Por Raúl Nakasone Arakawa
Estudié nihongo(1) por más de diez años en Perú; sin embargo, la primera vez que tuve la oportunidad de viajar a Japón me di con la sorpresa de que solo había aprendido a leer hiragana y katakana, sin realmente comprender lo que leía. Así comenzó mi vida en Japón.
Apenas llegué a Japón, me enseñaron algunas frases que se volvieron indispensables: “Nihongo wakaranai”(2), “Shiranai”(3), “Hai hai”(4), “Yoroshiku onegaishimasu”(5) y “Dame dame”(6).
Al inicio, como muchos dekaseguis(7), pasé por diversas peripecias y anécdotas —algunas buenas y otras no tanto— relacionadas con el idioma. A diferencia de algunos compañeros, yo sentía vergüenza, porque en Perú crecí dentro de la colectividad nikkei, por lo que se suponía que tendría alguna ventaja con el idioma y la cultura.
Siempre tuve cierta desventaja al aprender japonés porque me daba miedo equivocarme. Mis amigos, en cambio, no temían cometer errores, y por eso aprendían con más facilidad. Con el tiempo entendí que lo más importante no es la perfección, sino la capacidad de comunicarse.
Recuerdo mucho las palabras que me dijeron mis padres: “No regreses al Perú solo con el okane(8), regresa con el nihongo.” Cuánta razón tenían. Gracias a su esfuerzo y apoyo —pues ellos también se encontraban en Japón— tuve la oportunidad de estudiar el idioma de manera intensiva en una escuela oficial. Esa enseñanza ha sido una de las más valiosas que me dejaron.
Si me pongo a enumerar todas las oportunidades que me ha dado el idioma, la lista sería larguísima. Desde que comencé a estudiarlo, tuve la posibilidad de conocer personas de distintas nacionalidades, aprender sobre sus culturas y formar amistades que jamás hubiera imaginado, incluso con gente de lugares tan lejanos como China, Malasia o Bangladesh.
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MOTTAINAI: Aprender a no dejar pasar lo valioso
Dominar el idioma de manera técnica también me abrió otras puertas en Japón. Gracias a ello, comencé a ser considerado de forma distinta y pude realizar trabajos y voluntariados en municipalidades, apoyando a la comunidad peruana, brasileña, argentina y boliviana que tenía dificultades con el idioma. Incluso llegué a formar parte del PTA(9) del hoikuen(10) de mi hijo menor. Según la municipalidad, fuimos la primera familia extranjera en ocupar un cargo en el PTA de ese hoikuen, lo cual también se convirtió en una oportunidad para seguir apoyando a las familias latinoamericanas de la escuela.
Al retornar al Perú, como muchos dekaseguis, volví con varias inseguridades sobre el futuro que me esperaba. Sin embargo, el idioma siguió abriéndome puertas. Gracias al nihongo, tuve la oportunidad de regresar a mi alma mater como profesor de japonés. Aunque no me formé para ser docente, haber estudiado el idioma de manera técnica me dio una base sólida que, junto con algunas capacitaciones, me permitió enseñar con mayor seguridad.
La docencia en japonés me permitió viajar a Brasil y regresar a Japón en tres oportunidades para recibir capacitaciones docentes y culturales. Puedo decir con convicción que el idioma japonés ha sido la llave que me abrió, y sigue abriéndome, muchas puertas.
Este año tuve el honor de ser invitado de forma virtual a la primera feria de japonés para hispanohablantes realizada en Japón. Allí tuve la oportunidad de compartir mis experiencias, y no dudé en contar todo lo que he mencionado líneas arriba.
Mirando atrás, me doy cuenta de que el nihongo no fue solo una herramienta, sino un camino lleno de experiencias, aprendizajes y personas valiosas.
- Nihongo: Idioma japonés
- Nihongo wakaranai: No entiendo japonés
- Shiranai: Lo ignoro, no sé
- Hai hai: Sí, sí
- Yoroshiku onegaishimasu: Mucho gusto / Encantado
- Dame dame: No, no / Está mal
- Dekaseguis: Trabajadores migrantes en Japón
- Okane: Dinero
- PTA: Asociación de Padres de Familia
- Hoikuen: Guardería infantil






