«Yo soy tu sangre, mi viejo. Soy tu silencio y tu tiempo”.
(Piero)
Como muchas veces he comentado, esta columna es, a veces (o casi siempre), una especie de terapia para sanar y seguir avanzando.
Mi papá partió la semana pasada, a los 83 años. Venía de un accidente ocurrido algunos meses atrás que deterioró progresivamente su estado de salud. En su hoja de vida quedará el haber superado varios cánceres y haber afrontado con entereza las dificultades de salud que fueron apareciendo con el paso del tiempo.
Como un ejercicio personal de memoria, y también de gratitud, quisiera compartir con ustedes, queridos amigos, algunos momentos que disfruté con él. Los invito, de paso, a hacer la misma actividad pensando en sus recuerdos con sus propios seres queridos. No siguen ningún orden de importancia, ni cronológico:
Tendría yo unos 5 años cuando jugaba despreocupado en la piscina del Hotel de Turistas de Ica, seguro entre sus brazos. Ser trabajador del desaparecido Entur Perú nos permitió conocer lugares maravillosos. Quizás de allí provenga mi gusto por viajar.
¿Qué mejor premio para dos empedernidos futboleros que viajar hasta Madrid para ver un clásico entre el Real Madrid y el Barcelona, en el año 2013? El estadio Santiago Bernabéu fue el escenario perfecto para contemplar esa manera sublime de jugar al fútbol. Lástima que luego regresamos a nuestra realidad para ver Juan Pablo II vs. Los Chankas.
Hace veintidós años escribí el primer artículo de esta ya veterana columna, y también estaba dedicado al fútbol. Recordaba aquellos domingos por la mañana jugando tiros al arco en el garaje de la antigua casa de Corpac. Eran momentos de ilusión, pasión y entrega total, con la vereda como único estadio.
Si bien mi papá estuvo ausente en muchos momentos de mi niñez debido al trabajo, fue cuando ambos fuimos mayores que recuperamos buena parte del tiempo perdido. Uno de esos recuerdos que más atesoro es verlo, junto con toda mi familia, en la presentación de mi primer libro, Kokinawa, sin zapatos en casa, allá por el año 2006.
También lo vi sacar pecho cuando juré como presidente de la AOP en el año 2024. Después me dijo que se sentía feliz de que fuera yo quien representara a los uchinanchu y que sus padres, mis abuelos, también estarían orgullosos, mirándonos desde arriba. Espero haber estado a la altura de esa responsabilidad y no haberlo defraudado (tanto) durante ese encargo.
Corría el año 1990 cuando regresó de un viaje a Nihon con una guitarra eléctrica para mí. No tengo idea de cómo la consiguió ni cuántos yenes le costó, pero allí estaba. La mejor manera de agradecerle fue tocarla durante años, haciendo, sobre todo en las noches, una bulla rockera verdaderamente infernal.
Desde los catorce años esperaba con ansias los domingos para ir a mis prácticas de manejo en el antiguo Volkswagen. Como apenas alcanzaba, llevaba un cojín sobre el asiento. Recorríamos las entonces nuevas Torres de Limatambo, en San Borja, cuando alrededor solo había pistas y veredas, sin edificios ni tráfico.
Y en esa misma línea, nunca terminé de agradecerle la paciencia que tuvo para ir a sacarme, más de una vez, de alguna comisaría de Lima, después de que se me ocurriera sacar el carro a los 17 años sin tener aún el brevete. Hoy, visto con la perspectiva del tiempo, fueron actos tremendamente irresponsables de mi parte. Definitivamente eran otros tiempos.
Hace veinte años le detectaron cáncer de estómago y tuvieron que sacárselo. Todavía me parece increíble que haya vivido más de dos décadas sin ese órgano. Recuerdo con nitidez nuestras caminatas por el cuarto piso del INEN como parte de su recuperación. Íbamos ida y vuelta por el pasadizo, saludando, conversando, a veces rezando e imaginando cómo sería una vida sin estómago.
A pesar de que él era hincha de la «U», yo me hice de Alianza porque generalmente íbamos a Matute, donde (inexplicablemente) él tenía un asiento de socio en la tribuna Oriente. Era impresionante entrar al estadio, escuchar toda esa bulla, ver el campo verde y luego disfrutar los partidos de la blanquiazul. Como dije líneas arriba, el fútbol, ese deporte maravilloso, fue el lazo que nos unió en esta vida.
Descansa en paz, papá. Me gusta imaginar que ya encontraste nuevamente una cancha para volver a jugar fulbito, que de fondo suenan la música criolla, las canciones okinawenses y el enka que tanto disfrutabas, y que estés siendo el magnífico maestro de ceremonias que siempre fuiste. Ya darás fe de ello…
P. D. Un gran abrazo a mi tía Sayo, a quien vi recientemente y me dio mucha alegría.






