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Koki Higa: En memoria del padre Manuel Kato

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“Aquel que tiene fe no está nunca solo”.
(Thomas Carlyle)

Este 2026 cumpliría cien años, pero nos dejó hace nueve.

Creo que alguna vez lo saludé, pero nunca tuve la oportunidad de tener una charla con él. Me hubiese encantado, en serio que sí. Hasta pienso que sus palabras hubieran podido hacer más vigoroso mi alicaído sentir religioso. Siendo el padre Kato un personaje tan interesante, no pocas preguntas surgirían de un diálogo con él.

Comparto con ustedes algunos datos relevantes sobre su vida.

  • De padres japoneses que llegaron al Perú en 1918, nació el primero de marzo de 1926 en La Victoria. Estudió en la escuela Lima Nikko y posteriormente en el colegio religioso La Salle, donde declaraba que quería ser médico (estuvo cerca de ello).
  • Con la guía de los padres Calixto y Urbano Yonekawa, decidió seguir el camino de la religión católica, ingresó al Seminario Menor de Santo Toribio y optó por la orden franciscana.
  • Continuó su formación en Canadá, regresando al Perú en 1954, año en el que fue ordenado sacerdote. Poco después fue enviado como misionero a Japón, donde vivió varios años, perfeccionando el idioma, profundizando su identidad cultural y llevando a cabo labores pastorales en el acompañamiento espiritual de seminaristas y enfermos de lepra, experiencia que reafirmó su espíritu compasivo y su vocación de ayuda a los más necesitados.
  • Ya de vuelta en su país natal, dedicó su vida a la obra social, sirviendo especialmente a niños abandonados, adultos mayores y brindando un adecuado servicio de salud en el distrito de Ventanilla a través de la Asociación Emmanuel, que fundó con la ayuda de generosas personas de la colectividad peruano-japonesa.

Yo desconocía mayormente la labor que había desarrollado el padre Kato hasta que, hace unos cuatro años, me invitaron a participar en la asociación. Hasta hoy no dejo de sorprenderme ni de admirar lo que logró él a base de esfuerzo continuo, una fe inquebrantable y el arte de saber a quién y cómo pedir las cosas.

Todo lo que consiguió el padre Kato, que no fue poco, lo hizo en base a las donaciones que él mismo solicitaba. ¡Era un capo! Ya quisiera yo tener un grano de mostaza de toda esa confianza.

Hace poco se reunieron los jóvenes que fueron apoyados por el padre (hoy ya profesionales) y compartieron sus testimonios de gratitud. Me imagino que desde el cielo estará contento contemplando los frutos de su desinteresada labor.

Actualmente, en la casa de reposo Emmanuel viven unos 30 residentes, adultos mayores quienes reciben una esmerada atención. Asimismo, el policlínico Emmanuel atiende a más de 15,000 pacientes al mes, en todas las especialidades, con un cuerpo médico y equipamiento que nada tienen que envidiar a las clínicas privadas.

Gomen que hable con orgullo de la labor que realiza la asociación, siendo yo parte de ella. Pido disculpas por ello y sé que podría leerse como inapropiado, pero confieso que lo escribiría incluso si no participara en Emmanuel. Lo juro con la imagen del padre como testigo. Solo pretendemos mantener vigente su legado.

Conmemorando el centenario de su nacimiento, este mes se ha inaugurado una bella exposición sobre su vida y obra en el Museo de la Inmigración Peruano Japonesa del Centro Cultural Peruano Japonés, y se llevó a cabo un sentido conversatorio en su honor.

Me hubiese encantado entrevistarlo para conocer cuales fueron sus motivaciones, los obstáculos que tuvo que superar y la forma de fortalecer mi fe vacilante. Quizá sea para una siguiente vida.

Y el escenario ideal de esa hipotética conversación hubiese sido su auto, mientras él disfrutaba de la adrenalina de velocidad al volante, esquivando semáforos y policías. Una metáfora de cómo fue su vida: intensa, sin pausas, entregada por completo a los demás.

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