“El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”.
Siempre digo que ya no voy a escribir sobre política, tema para el que, por supuesto, no tengo ninguna autoridad ni experiencia más allá de ser un sufrido peruano. Sin embargo, la ansiedad y la inminencia de una elección pueden más que mi endeble promesa.
Mañana nos la jugamos nuevamente, como en las últimas ocasiones. A lo largo de los años hemos elegido opciones poco satisfactorias y, por alguna razón inexplicable, el Perú ha logrado seguir adelante sin caer al abismo, aunque cerca hemos estado. Basta recordar el fallido intento de golpe de Estado que quiso llevar a cabo torpemente el señor Shiro.
Me parece alucinante que un grupo político haya cambiado aspectos sustanciales de su plan de gobierno apenas seis días antes de la segunda vuelta. Lo presentan como “diálogo” y “apertura”, pero en el fondo es una falta de respeto hacia sus propios votantes. ¿Cómo es posible que primero propongan medidas como el control de precios, la supervisión de los medios de comunicación o una total intervención estatal en la economía y, a pocos días de la elección, se vuelvan liberales?
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Da la impresión de que algunas propuestas sirvieron para superar la primera etapa electoral, pero que luego fueron modificadas para captar un electorado más amplio. Si ganaran, estoy seguro que cambiarían nuevamente de plan o quizá vuelvan al original.
Yo no quiero una nueva Constitución que redefina todas las reglas de juego del país. No quiero que mi patria se llame republica bolivariana plurinacional del Perú. No quiero que el Estado concentre más poder. No quiero que el gobierno decida cuánto puede cobrar una bodega por un kilo de azúcar. No quiero que se limite la libertad de expresión ni que se utilicen los recursos públicos para comprar voluntades ciudadanas.
Tampoco quiero que se financie el gasto público imprimiendo dinero y generando inflación, ni que el país se endeude irresponsablemente. Por el contrario, quisiera que promovamos una cultura del ahorro.
Menos aún quiero que continúe creciendo una burocracia improductiva, alimentada por contrataciones basadas en devolver favores a los ayayeros.
Lo que sí quiero es algo mucho más sencillo. Quiero un Estado que me facilite la vida en lugar de complicármela. Quiero caminar tranquilo por la calle sin temor a que me roben el celular. Quiero fronteras seguras. Quiero una administración de justicia rápida y eficiente. Quiero que se ejecuten las grandes obras que el país necesita. Quiero no tener que madrugar a las cinco de la mañana para obtener un simple duplicado de DNI.
¿Es eso demasiado pedir? Ningún artículo ni texto harán que una persona haga algo que no desea hacer, y mucho menos esta modesta columna. Sin embargo, animo a todos a ir a votar, pensando no solo en nuestros intereses inmediatos, sino también en el país que queremos dejar a nuestros hijos y nietos. Nadie quiere volver a los ochentas y hacer cola para comprar el pan.
Después de todo, el futuro del país no pertenece a los políticos, sino a los peruanos, a los sufridos peruanos.
¡Arriba Perú!






