“La democracia necesita una virtud: la confianza. Sin su construcción, no puede haber una auténtica democracia”.
(Victoria Camps)
Manejar en Lima es una incertidumbre constante.
Nunca se si el carro del costado va a doblar a la derecha, si en algún momento intempestivamente se cruzará una moto, menos aún si el ómnibus recogerá gente a mitad de cuadra.
Es por ello que es muy estresante y todos los extranjeros que visitan el Perú se quejan de la demencia en nuestras pistas (“que rica es la comida peruana, pero el trafico de Lima es de terror”).
Pensaba en ello en un reciente viaje a Estados Unidos. ¿Por qué manejar en ese país es tan sencillo y no causa fastidio?, me preguntaba.
Y, entre las múltiples causas, llegué a la personal conclusión de que lo más importante para que un sistema funcione, en este caso movilizarse a través de vehículos por una ciudad, es la confianza.
La Real Academia Española la define como: “Esperanza firme que se tiene de alguien o algo”. Es decir, cuando yo confio tengo relativa certeza de que algo va a ocurrir de una manera determinada.
Cuando manejo en una avenida en un país desarrollado veo que todos los que quieren voltear a la derecha se pegan a la derecha una cuadra antes, los que quieren voltear a la izquierda se pegan a ese lado, si ven un cartel de “Pare” se detienen 3 segundos así no haya nadie y cuando está pasando un peatón simplemente se detienen.
Todos confían con alto grado de probabilidad que las cosas ocurrirán de esa manera y finalmente así pasan.
La diferencia con nuestra linda ciudad es evidente y todos la conocemos. La confianza se ha esfumado, por lo tanto tenemos que gastar un montón de energía y atención a cada instante. ¿Así quién no estaría cansado?
Aquí no sabemos lo que va a ocurrir, por eso tenemos que actuar de la peor manera para asegurarnos un lugar en la fila, avanzar o evitar ser arrasados por el transporte público.
La única certeza es que no tenemos certezas, en pocas palabras, incertidumbre.
Haciendo una simplificación muy general, lo que podría marcar la diferencia entre las personas, las empresas, las organizaciones o los países sería el grado de confianza en el que se vive (aparte de tener las reglas claras, por supuesto).
La confianza lo es (casi) todo.
Si un banco confía en ti, te baja la tasa de interés y te trata como a un rey. Si tu esposo confía en ti, no gasta su tiempo en revisar tus cosas. Si tu confías en un restaurante, vas de frente y pides el plato de siempre porque sabes que vendrá correctamente. Si una ciudad es confiable, cruzas la pista despreocupado. Si un país genera confianza, caminas por sus calles sabiendo que nadie te va a quitar el celular.
Como es lógico, la confianza tiene un efecto significativamente positivo en el ahorro de costos. Si impera la confianza, todo sale más barato, tanto en dinero como en salud y tiempo.
¡Imaginemos por un segundo cómo sería nuestro país si tuviéramos reglas claras y confianza!
Lastima que probablemente tenga que pasar una generación para que el tráfico en Lima se vuelva civilizado o para que los niños puedan ir solos al colegio.
Por lo pronto solo nos queda aportar nuestro granito de arena y hacer lo único que está en nuestras manos: dar el ejemplo (y esperar sentados a que la confianza no sea solo una palabra más, sino que sea tan peruana como un ceviche).






