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Koki Higa: La vida en un abrir y cerrar de ojos

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“Estábamos haciendo nuestros planes, pero olvidamos que el destino también tiene planes”.
(Fiodor Dostoievski)

Salgo a correr por mi barrio, como tantas otras veces. Las zapatillas ya conocen el camino. También mis piernas. Sé dónde están los huecos, en qué esquina cambia la luz, cuántos kilómetros es la ruta y cuando el cuerpo empieza a apurarse.

Corro y todo encaja: el ritmo, la respiración, el sol cayendo de lado. La música me conmueve y, al mismo tiempo, me alienta a seguir. Pienso en mi próxima competencia deportiva, en el informe que tengo que presentar en la empresa. En todo lo bueno que se viene.

Por atrás un auto se desvía.
No hay tiempo para nada más. Solo el golpe. Mi cuerpo en el aire y luego al suelo.
El silencio, mi silencio. Después el dolor llega por partes.
Los planes no se rompen de a pocos, a veces desaparecen de golpe.
Si hubiese salido un minuto antes, si hubiese salido un minuto después…
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Dejo a mi enamorada en su casa después de una buena noche. Manejo de regreso y las calles están tranquilas.
Mañana tengo un examen importante en la universidad. Tengo que mantener el buen promedio. También tengo que acompañar a mi mamá al médico. Pienso en eso. Busco el celular para anotarlo. Se me cae.
Un segundo, tal vez menos. Bajo la mirada, estiro la mano, la pista desaparece.
Y entonces el golpe, seco e inesperado.
Levanto la vista, pero ya pasó. No sé qué fue, un árbol, un carro, una persona.
El pecho se me cierra. ¿Qué hago?, ¿Paro?, ¿Sigo?, ¿Alguien me vio?
Las manos me tiemblan. El volante también. El mundo sigue avanzando, como si nada.
Yo sigo manejando. Más adelante hago una llamada, luego otra, no escucho bien lo que me dicen y tampoco sé bien qué digo.
La calle me lleva a mi casa, el motor se apaga, pero el ruido no.
Si hubiese esperado en coger mi celular…
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La serie coreana sigue corriendo en la pantalla de Netflix. El vaso de gaseosa está medio lleno y la cancha aún tibia.
Pienso en la reunión importante que tendré esta semana, tal vez un ascenso por el que he trabajado años. Todo ha sido un esfuerzo, nadie me ha regalado nada.
Pero el teléfono suena. Algo en el tono de la voz me cambia el cuerpo antes de entender las palabras. Accidente. Mi carro…
Salgo sin pensar demasiado. Cuando llego, ya están todos. Nadie mira a nadie por mucho tiempo. Alguien llama a un abogado y otro intenta reconstruir lo que pasó. Las versiones aparecen, se corrigen y se contradicen.
Pregunto por la persona que sufrió el accidente, nadie responde. El aire se vuelve pesado. Escucho “hay que hacer” y también “esto sí y esto no conviene”.
Asiento, escucho, me tomo el rostro.
En algún momento entiendo que cualquier decisión va a dejar una marca y que será difícil de borrar.
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Un hecho lamentable y varias historias que se unen.
Un instante en el tiempo y después nada volverá a ser igual. Algunos ni siquiera podrán regresar.
Todo ocurre sin intención, pero el azar a veces (carajo) juega en contra.
Y lo que viene después (las decisiones, los silencios, las palabras que se dicen) también definen el futuro, en segundos y para siempre.
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Una plegaria al cielo para que ella descanse en paz y para que los que se quedan aqui encuentren, de alguna forma, cómo seguir.

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