«No aspiro al nobel de literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: ‘Me cagué de risa con tu libro'»
(Roberto Fontanarrosa)
Salvando las siderales distancias con el maestro Fontanarrosa, yo también podría decir que la mejor recompensa de ser columnista, o de escribir alguno que otro libro, es que otra persona se acerque y me diga:
-¿Tú eres Koki Higa, no?-Sí, soy yo. Buenos días.-Leí tu artículo sobre los gatos y me maté de risa. A mí también me pasó que…
Y por allí continúa una conversación improvisada y amena.
¿Qué mejor momento que ese? Una conexión entre dos seres humanos que no se conocían y que, por unos instantes, dialogan como viejos amigos y se cuentan unos detalles de su vida personal.
Eso puede darse de manera presencial, generalmente en APJ, AOP o AELU, o de manera virtual a través del correo electrónico.
Creo que esa es una de las motivaciones para sentarme un par de horas a la semana, en la madrugada, frente a la laptop y teclear como loco, con buena música de fondo y mis tres gatos merodeando con intriga. Creer que, tal vez, a quien lea esta columna le saque una sonrisa o, eventualmente, una lágrima.
Creo que por allí va la clave de este asunto. Puedo inferir que la gran mayoría de mis “colegas” columnistas de este periódico, y en general, sienten esa misma emoción, que lo que escriban afecte (aunque sea ínfimamente) de manera positiva a otra persona.
Todos los artículos salen diferentes. Siento que alguno es mejor que otro, dependiendo también del tema a tratar, pero esa es solo mi opinión. A veces he recibido comentarios buenos sobre artículos que yo creía aburridos y viceversa, lo cual me demuestra que todos somos distintos e indescifrables.
No recuerdo todos los diálogos que he tenido a lo largo de estos años, la gran mayoría graciosos y estimulantes. Ptm, debí haberlos anotado. Agradezco a cada una de las personas que se han animado a acercarse a intercambiar unas palabras conmigo.
Pero, a manera de ejemplo, comparto uno que me ocurrió el día de las elecciones en la APJ, el 28 de febrero de este año.
Estaba yo en pleno ajetreo, como miembro del comité electoral, cuando de pronto se acerca un amable y sonriente señor y me dice:
—Koki, en Wong también venden onigiris.
Los primeros segundos pensé: “yo como loco recibiendo a los socios que llegan a votar, y de la nada me hablan de onigiris”.
Pero luego de ese primer pensamiento recordé que hacía poco había escrito un artículo donde compartía mi alegría de haber encontrado esas bolas de arroz con atún y nori en las tiendas Oxxo. El señor lo había leído, me reconoció en la puerta y muy amablemente me pasó un buen dato.
No recuerdo muy bien mi respuesta, pero sin lugar a dudas fue de aprecio. Hasta hubiera querido decirle que, si me esperaba al final de la jornada, nos íbamos juntos a Wong para invitarle uno de teriyaki. Pero no iba a ser posible, saldría muy tarde ese día.
Allí entendí, otra vez, que escribir no es solo juntar palabras en la madrugada. Es como lanzar pequeñas botellas al mar con la esperanza de que alguien, en algún lugar, las recoja. A veces regresan convertidas en una risa, en una historia compartida o, como ese día, en un datazo sobre onigiris.
Y con eso, créanme, alcanza y sobra.






