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Koki Higa: Juramentación

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“Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento”.

(Anatole France)

Debo confesar que la última juramentación de diputados y senadores me dejó bastante decepcionado. No por el resultado, ese ya lo veremos con el tiempo, sino por el espectáculo.

Ya nadie parece conformarse con un sencillo «Sí, juro».

Hoy todos sienten la irresistible necesidad de aprovechar el micrófono para pronunciar un pequeño discurso.

Hubo los que juraron por sus causas personales, por su familia, por su región, por la virgen o santo de su devoción, por algún expresidente, por la liberación de algún político preso y hasta por reivindicaciones que poco o nada tenían que ver con el cargo que estaban asumiendo.

Todo muy acartonado, muy ensayado y, sobre todo, aburrido.

En realidad, el encargo de la ciudadanía es sencillo. Solo se les pide que legislen bien, que no sean (demasiado) corruptos, que no mochen el sueldo de sus trabajadores, que no crean que tienen preferencia en el tránsito y que, antes de opinar sobre cualquier tema frente a las  cámaras, hagan el esfuerzo de parecer mínimamente cultos y leídos.

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Francamente no parece que les estemos pidiendo demasiado.

Las juramentaciones ya se asemejan a una ceremonia de entrega de premios. Cada parlamentario intenta decir una frase más emotiva, más larga o más original que la del anterior, como si estuvieran compitiendo por el premio al mejor libreto. Lo curioso es que todos quieren ser originales y, precisamente por eso, terminan pareciéndose unos a otros.

Cambian el santo, la causa social, la región o el personaje histórico de turno, pero el libreto es exactamente el mismo.

Solo falta que alguno termine diciendo: «Y no olviden darle ‘like y suscribirse«.

Siempre pienso que los siguientes parlamentarios no podrán superar a sus antecesores. Sin embargo, elección tras elección descubro que la ignorancia parlamentaria también se renueva. Los nuevos «padres de la patria» siempre encuentran la manera de bajar un poco más la valla. Así que, por estadística, no esperemos que esta legislatura sea la excepción.

Mientras tanto, Gerardo Saavedra continúa invicto. Han pasado los años y nadie ha podido superar aquella inolvidable joya de jurar «por Dios y por la plata«. Probablemente haya sido el acto de mayor sinceridad que hemos visto en la política peruana. Al menos nos evitó el trabajo de interpretar cuáles eran sus verdaderas prioridades.

Esperemos que los próximos 5 años los diputados y senadores nos brinden más leyes de calidad y menos escándalos, y que sepan de una vez que el verdadero mérito no está en cómo se jura, sino en cómo legislar y en cuánto logran facilitarle la vida al ciudadano, que, al día siguiente, tendrá que volver a hacerse a un lado para dejar pasar la escolta del flamante congresista.

¡Arriba Perú!

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