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Koki Higa: Mirar al techo

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“Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.

(Mahatma Gandhi)

Generalmente no leo las noticias, pero esta me ha sido imposible no seguir.

¿Qué hace que unos jóvenes escolares tomen a otro en un bus y lo agredan sexualmente? ¿Qué puede pasar por la cabeza de unos adolescentes para llegar a ese extremo?

Regreso a mi época colegial. No fueron pocas las veces que participé en las palomilladas típicas, algunas más bravas que otras, incluso llegando a niveles de vandalismo. A esa edad existe una enorme necesidad de pertenecer al grupo, de ser aceptado, y uno puede llegar a hacer casi cualquier cosa por ello.

Creo que en ese “casi” está toda la diferencia.

No quiero sonar moralista, pero allí aparece una palabra que usamos poco: discernimiento. Saber si algo que hago está bien o mal, si va a afectar a alguien, si debo hacerlo simplemente porque los demás lo hacen, si existe una línea que no debo cruzar.

El discernimiento se forma con los años, es cierto. Pero un chibolo de 16 puede no conocer esa palabra y, aun así, saber que hay cosas que simplemente no se hacen.

¡Qué acto para más atroz, ptm!

Lo primero que pienso es en lo que pudo haber sentido la víctima. La impotencia, la humillación, la injusticia. Nadie, carajo, merece que lo agredan de esa manera. Y acusar a los responsables debió requerir una enorme valentía.

Pienso también en sus padres. No puedo imaginar la rabia y la tristeza. Me pongo por un momento en su lugar y quizás lo único que quisiera sería vengarme. En vez de decir “que les caiga todo el peso de la ley”, pediría que los dejen libres para ir tras ellos como un vengador urbano de película.

Lo cual, por supuesto, estaría muy mal.

Luego paso al papel de los padres de los muchachos señalados como agresores. ¿Qué hice tan mal para que mi hijo pudiera cometer semejante acto? ¿Qué tan lejos puse la línea divisoria de lo correcto/incorrecto? ¿Habré sido un buen padre?

También podría convencerme de que sí lo fui y que fueron el colegio, sus compañeros o TikTok los que le lavaron el cerebro. Tal vez sea más fácil buscar culpables afuera que preguntarme en qué momento mi hijo dejó de reconocer ciertos límites.

Me resulta más difícil ponerme en los zapatos de los supuestos agresores. ¿Qué pudo pasar por sus cabezas? ¿Presión del grupo? ¿Impulsividad? ¿Una sensación de impunidad? ¿Creer que se trataba simplemente de una “bromita” que se salió de control? ¿O la incapacidad de reconocer que había un borde que jamás debía cruzarse?

No lo sé.

Pero queda todavía otra persona, la que mira y no hace nada.

No alienta. No participa. Pero tampoco alza la voz, busca ayuda o intenta detener lo que está ocurriendo. No es quien comete la agresión. Pero ¿queda completamente libre de responsabilidad por no haber hecho nada?

Vuelvo a mi época escolar y siento que ese habría sido mi papel en esta película de terror. Recuerdo que en quinto de media le estaban haciendo un apanado a un compañero en el salón. Yo estaba allí. ¿Por qué no me paré delante de todos para tratar de detenerlos? ¿Por qué simplemente miré al techo?

No tengo una buena respuesta.

Un solo hecho y demasiadas preguntas.

Cuando se tengan todas las certezas y respetando el debido proceso, que se castigue a quienes resulten responsables.

Pero el asunto y mi aprendizaje no terminan allí.

Porque discernir no consiste solamente en saber qué está mal. A veces consiste en tener el valor de hacer algo cuando todos los demás (como yo) miran al techo.

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