“Tus hijos no son tus hijos.
Son los hijos y las hijas del anhelo de la vida por sí misma.
Vienen a través de ti, pero no de ti,
y aunque están contigo, no te pertenecen.”
(Khalil Gibran)
Siempre me gustó dar la impresión de que nada o casi nada me afectaba, de que podía mantenerme relajado y con buena cara frente a cualquier circunstancia.
Cuando, desde hace buen tiempo, nuestra hija nos compartía su deseo de ir a estudiar al exterior, yo, en lugar de mostrar mi tristeza o angustia, la animaba y felicitaba por esa decisión, asegurándole que tendría nuestro apoyo en lo que estuviera a nuestro alcance.
Pero ahora que su partida está tan cerca y se ha vuelto inminente, aquella máscara de imperturbabilidad comienza a caerse y lo que asoma detrás ya no es el padre siempre tranquilo, sino uno preocupado, conmovido, triste y con ganas de moquear.
Nuestra hija mayor iniciará sus estudios superiores en otro país, y claro que festejamos esa valentía y logro. Siento un orgullo inmenso por ella, pero este artículo no busca resaltar sus cualidades académicas o personales, sino compartir un sentimiento profundamente humano, íntimo y contradictorio, el de mis dualidades que despierta esta partida:
● Tristeza y orgullo. Tristeza por la distancia y la ausencia en nuestra vida cotidiana, orgullo por verla abrirse camino.
● Nostalgia y alegría. Nostalgia por los recuerdos de la vida familiar que se transforma, alegría por las oportunidades que se le presentarán.
● Miedo y esperanza. Miedo a que enfrente dificultades o se sienta sola, esperanza en que construya un futuro brillante.
● Vacío y libertad. Vacío en la casa y en la rutina, libertad en la nueva etapa que también se abre para nosotros.
● Inseguridad y confianza. Inseguridad sobre si podrá manejar lo nuevo sin nuestra guía cercana, confianza en que sus valores y su madurez la sostendrán.
● Apego y amor. Apego que quisiera retenerla un poco más, amor que la impulsa a volar libre.
Todos esos sentimientos se entremezclan como un gran arroz con mango emocional, del cual quisiera, pero al mismo tiempo no quisiera, salir demasiado rápido. Porque esa mezcla también es parte de lo que creo significa ser padre.
Hoy entiendo mejor que los hijos no son “nuestros” en un sentido de posesión; son de la vida, del mundo, de su propio destino. Nosotros solo hemos sido el puerto seguro (y a veces tormentoso) desde el cual zarparon.
Y aunque la partida de mi hija me sacuda y me deje este nudo en la garganta, sé que detrás de la tristeza se esconde una esperanza luminosa, que ella está lista para volar. Y yo, aunque me duela, también estaré listo para decirle “hasta luego”.
En la distancia habrá silencios y ausencias, pero también habrá mensajes inesperados, llamadas que me devolverán la calma y nuestros recuerdos que se volverán compañía. Cada pequeño gesto suyo, aunque ocurra a miles de kilómetros, seguirá siendo parte de nuestra vida aquí. Porque quiero pensar que los lazos que hemos construido no se diluyen con la distancia, si no que se transforman, se estiran y permanecen.
Bueno y al final lo que queda es el amor. Ese que me desarma y me vuelve a armar, que me duele y me enorgullece al mismo tiempo. Ese que me quita el roche de mostrame como lo que siempre fui, un padre sentimental y lloroso.






