“Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione”.
(Bernard M. Baruch)
Puedo entender el espíritu que originó la “ley seca”, esa que prohíbe la venta de bebidas alcohólicas desde las 8 de la mañana del día anterior hasta las 8 de la mañana del día posterior a las elecciones.
La idea es evitar que, por los efectos del trago, el ciudadano emita un voto distraído, inconsciente o quizá poco reflexivo.
No puedo negar la buena intención de la norma, siempre preocupada por la poca madurez del votante peruano. Sin embargo, a la luz de los hechos, es claro que se trata de una ley que no tiene ni pies ni cabeza; incluso podría decir que es dañina.
Empezando por lo evidente: esta ley no impide el consumo, solo la venta de alcohol. Así que quien quiera tomar el sábado en la noche simplemente irá el viernes al supermercado y comprará lo que necesite. Es, en la práctica, una ley que castiga al que no fue previsor.
A pesar de su existencia, cualquiera que analice nuestras últimas elecciones podría concluir, por la calidad de los presidentes elegidos, que en el Perú la gente vota completamente alcoholizada: Toledo preso por corrupción, Alan se suicidó, Humala preso por corrupción, PPK con arresto domiciliario por corrupción y Castillo preso por intento de golpe de Estado.
Entre la risa y el llanto, se me ocurren algunas reflexiones sobre esta innecesaria ley, que aquí comparto:
Si así votamos sobrios, quizá lo más coherente sería derogarla de inmediato y, en su lugar, promulgar una nueva que obligue a todos los peruanos mayores de 18 años a meterse una buena bomba el día anterior, para que voten con resaca y marquen lo que alegremente se les antoje.
Deberíamos dejar que la cebada o la uva fermentada decidan el destino del país por los próximos cinco años. Al menos, es poco probable que nos vaya peor de lo que ya nos ha ido. Esta segunda vuelta sería un buen momento para probarlo.
Tengo la ligera sospecha de que el problema no está en la venta de alcohol ni en que el peruano vote ebrio. Una copa más o una menos no hará ninguna diferencia. Más bien, el voto debería ser absolutamente voluntario, que vote solo quien realmente quiera hacerlo. La multa solo empuja a muchos a marcar por obligación y, por lo tanto, sin ningún incentivo de reflexión previa. La democracia debería ser un derecho, no un deber.
Quienes no han respetado la “ley seca” han sido, irónicamente, los propios organizadores del proceso. En muchas mesas el material electoral llegó tarde y en más de 200 en Lima nunca llegó, afectando a miles de personas que no pudieron votar.
Una falta de respeto y, al mismo tiempo, una muestra clara de incompetencia, pese a haber tenido meses para organizar el día más importante de su institución.
Se viene la segunda vuelta entre las letras “K” y “R”.
Ojalá que, en lugar de ataques, acusaciones y cuchilladas, escuchemos propuestas concretas para sacar adelante a este hermoso, sobrio y sufrido país.
Dios nos agarre confesados…






