“Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito”.
Se me presentan ya lejanos los viajes que hice a Japón, en los que tuve la oportunidad de estar en contacto durante mucho tiempo con su cultura, pero los detalles siempre se quedan en la memoria.
Muchas veces soy crítico e irónico con la forma de ser de los japoneses pero, a la vez, no dejo de admirarme por los hábitos que han creado y que van inculcando a todos sus ciudadanos, incluso a los extranjeros.
En esas costumbres simples puedo apreciar buena parte de la idiosincrasia que define la forma de ser de un país.
Aquí comparto con ustedes tres ejemplos sencillos que vienen a mi mente (aunque hay muchos más):
- Estacionar “de poto”. Ni bien llegué al estacionamiento de la Universidad de Meio noté que todos los autos estaban estacionados de retro, algo poco usual en el Perú. Es decir, al momento de parquear hay que avanzar, abrirse un poco más y luego meter primero la parte trasera del auto, cuidando no rozar los vehículos de los costados ni tocar la pared del fondo. “¡Qué flojera! Mucho más rápido es estacionar de frente”, pensaba yo. Sin embargo, cuando tocaba salir, todo se hacía mucho más fácil y rápido.
- Los zapatos apuntando hacia afuera. Siempre me ha parecido una costumbre sana sacarse los zapatos al entrar a una casa, a un dojo o a un gimnasio. Al principio me desataba los pasadores y dejaba mis zapatillas tiradas en cualquier lugar. Pero pronto me di cuenta de que todas las demás personas dejaban sus zapatos juntos y orientados hacia la puerta, listos para volver a ponérselos. Así, al momento de retirarse, solo deslizaban los pies y ya estaban listos para salir. En cambio yo, las primeras veces, perdía valiosos minutos buscando el par y acomodándolos correctamente.
- El orden al ingresar al tren. Este hábito es indispensable para que el sistema ferroviario funcione como el reloj que es. Las personas hacen fila a los lados de las puertas y esperan, sin desesperación, a que por el centro bajen primero los pasajeros. Aunque el orden ha ido mejorando poco a poco en la Línea 1 del Metro de Lima, todavía es común que, apenas se abren las puertas, se produzca un choque entre quienes quieren ingresar y quienes quieren salir.
Allí aprendí que siempre es mejor hacer el esfuerzo al inicio para que al final las cosas vayan con mayor facilidad, eficiencia y rapidez. Qué fastidio es estacionar de espaldas, pero la salida se vuelve inmediata. Qué vaina es juntar las sandalias y orientarlas hacia afuera, pero al retirarse todo fluye sin inconvenientes. Me llena de ansiedad esperar lejos de la puerta del tren, pero esa “paciencia” se ve recompensada al perder menos tiempo y energía al ingresar al vagón.
Sin duda, estos hábitos ligeros reflejan la cultura de un país que prioriza un mayor esfuerzo inicial (superando el clásico “¡qué flojera!”) para obtener un beneficio futuro, viendo como algo positivo postergar la satisfacción.
En Japón, el esfuerzo no se elimina, se adelanta.Algo distinto a lo que solemos hacer en nuestro país, donde muchas veces la ley del menor esfuerzo se impone en lo cotidiano.
¿Nos animamos a cambiar?






