“La muerte sólo será triste para los que no han pensado en ella”.
(Fénelon)
Una muy querida tía falleció el mes pasado en Estados Unidos. La noticia me puso muy triste. Compartía con ella mi gusto por la cultura de Okinawa y, cada vez que nos reuníamos, conversábamos sobre la historia, las familias, las danzas y los bailes de Uchina.
Contrario a nuestro ritual, la tradición en ese país es realizar el velorio algunas semanas después, ya sea con el cuerpo presente (que imagino mantendrían congelado) o con las cenizas luego de su cremación, como fue el caso de mi tía.
Algo muy distinto a nuestro uso y costumbre de velar a los muertos al día siguiente de su partida.
Hacer la ceremonia posteriormente le da un ambiente distinto. Siempre existe la nostalgia por la ausencia del ser querido, pero esos días de distancia ayudan a relajar los ánimos.
Se invita a la familia y amigos con anticipación, así todos se pueden programar e incluso viajar desde otras ciudades. Aquí en Lima muchas veces no he podido asistir a velorios por lo ajustado del tiempo.
En ese país es un evento de dos horas en el cual se puede programar las palabras de algunas personas, proyectar videos o fotos y hasta poner música. Me encantó que invitaran a un grupo de mariachis para interpretar las diez canciones favoritas de mi tía. El sonido de las trompetas me hacía recordar que su espíritu alegre siempre estaría presente con nosotros.
Y lo más importante, creo yo, es que el ánimo de los familiares se encuentra más reposado, ya habiendo asimilado la partida. En Lima, en las horas siguientes a la muerte del ser querido tienes que lidiar con una serie de trámites médicos y legales, coordinar el local, preocuparte por el café, comprar las bizcotelas, confirmar el cementerio o columbario y (de yapa) procesar tus propias emociones mientras recibes las condolencias de quienes tuvieron a bien asistir. Me parece abrumador.
Mientras escuchaba a los mariachis cantar “Amor eterno” de Juan Gabriel, pensaba cuáles serían mis diez canciones en la despedida, cuáles me representan, cuáles son las que más me gustan, cuáles tienen un mayor significado.
Qué interesante ejercicio para repasar la vida.
Y más precisamente, qué interesante ejercicio para repasar la vida a través de canciones.
- No podría faltar una con sanshin, entre “Kagiyadefu” o “Shima Uta”, para recordar de dónde vengo.
- Una de Parchís o Menudo, que bailé sin roche en mi infancia.
- “Aprendizaje”, de Sui Generis, que escuchaba en el colegio y con la que aprendí a tocar guitarra.
- “Let It Be”, de The Beatles, que tocábamos antes de empezar la misa en la parroquia.
- “Stairway to Heaven”, de Led Zeppelin, porque siempre me voló la cabeza (hasta ahora).
- Luego desfilarían algunas de Soda Stereo, Fito Páez, Queen o Guns N’ Roses. He vivido miles de tristezas y alegrías con esa música de fondo.
- Y cerraría con “Ritmo, color y sabor”, de Eva Ayllón, porque con los políticos y el tráfico nunca me he aburrido de ser peruano.
Mientras hacía esta lista sentí algo simple, la música une incluso cuando uno ya no está. Si esas canciones suenan en mi velorio, será mi forma de seguir tomado de la mano de quienes me quisieron.
Y ustedes, amigos lectores, ¿qué canciones pondrían en su despedida?






