“Por encima del talento están los valores comunes: disciplina, amor, buena suerte, pero, sobre todo, tenacidad”.
(James Baldwin)
Al inicio de este año buscaba nuevas rutinas y hábitos que me ayudaran a: mantener mi cerebro activo, desarrollar una nueva habilidad (o recuperarla), y vincularme con la cultura japonesa.
Asomaron el ikebana, el arte de los arreglos florales, el shodo, escribir kanjis con pincel, y el origami, doblar papel para crear figuras, pero ninguno terminó de engancharme y las clases implican demasiada logística con mucho tiempo en el tráfico de Lima.
Así que opté por volver a una práctica casi olvidada: los kanjis japoneses.
Recuerdo mi época estudiantil en Nihon, cuando me metía una hora diaria a la biblioteca con un libro, un cuaderno cuadriculado, lápiz y borrador, a rellenar hojas y hojas de trazos que formaban ideogramas que, eventualmente, tenían algún significado. Creo que hacía una página diaria y luego practicaba su pronunciación con mis amigos japoneses.
Literalmente era un ratón de biblioteca. Me conocía el vigilante y todo el personal del mostrador.
-Aquí viene el peruano con cara de japonés a aprender a escribir – seguramente habrán comentado con burla detrás de sus amables sonrisas.
Y es que tenían toda la razón. Mi objetivo era poder leer un periódico al final de la beca de dos años, y me habían dicho que con unos 500 kanjis lo podría lograr.
(Tengo que confesar que cuando llegué a ese número, me compré el periódico y lo intenté… Era mentira: seguía sin entender ni un carajo).
De eso ya pasaron más de 20 años, pero en enero me pareció que podía volver a conectar con los trazos de una manera distinta: ya no con un objetivo concreto, sino por el gusto de mantener el cerebro activo, recordar los kanjis y sentirme (aún) vinculado a la cultura japonesa.
Conseguí un libro para principiantes, compré un cuaderno especial, un lápiz Mongol Nº 2, un borrador y agendé 15 minutos todas las mañanas.
Empecé el primer día del año con “ichi” y continuaré, sin presión, hasta donde me den las ganas. Eso sí, cada 7 días hago un repaso de lo avanzado.
Ya han pasado el monte (yama), comer (taberu), la casa (ie) y vendrán muchos más.
No tengo gran habilidad para las manualidades (y usar el lápiz entra en esa categoría), pero siempre he creído que la constancia termina derrotando al talento.
Me he propuesto hacerlo con la lentitud que merece, más aún sabiendo que es una actividad sin ningún sentido práctico ni utilidad inmediata para mí. No tengo la más mínima intención de leer la edición en japonés de Perú Shimpo (ya me resigné a no poder hacerlo).
Con el tiempo he empezado a entender que los kanjis no se aprenden, se construyen, trazo a trazo. Porque al final da lo mismo si es un kanji, un proyecto o una vida entera, todo se construye igual, línea por línea, día por día, sin espectáculos ni atajos.
Y recién al final (tal vez) aparezca el significado.






