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Koki Higa: Mi foto con Marios Vargas Llosa

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“Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”.

(Mario Vargas Llosa)

Me da pena la partida del escritor peruano Mario Vargas Llosa.

No por haber tenido un vínculo personal con él (o casi), sino porque era un genio y disfruté algunas de sus obras y muchos de sus artículos. Usaba muy bien el lenguaje, con ironía, reflexión y con preciso sentido del humor.

Me encantaba también que era un acérrimo defensor de la libertad, el capitalismo y el libre comercio.

¿Qué hubiera sido de su vida y del Perú si ganaba las elecciones en el año 1990?, me pregunté esta semana.  ¿Acaso habría podido realizar todos los cambios que nuestro país requería con urgencia?

Tengo mis serias dudas. La situación del Perú en los noventa era una papa caliente y no lo veía con el carácter necesario. Se decía que se quedó picón por haber perdido la elección contra Alberto Fujimori, pero en el fondo debió de estar agradecido.

¿Nos hubiésemos perdido los libros que escribió posteriormente? Es muy probable que sí, pero sobre otros temas nos hubiera deleitado.

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Durante el colegio nos mandaron a leer de forma obligada uno de sus cuentos. Posteriormente, en la universidad, me acerqué a su obra de manera voluntaria.

¡Qué manera de crear historias y personajes!

“La fiesta del chivo” y “Pantaleón y las visitadoras” están entre mis títulos favoritos. Inclusive me hice de una primera edición de Pantaleón, que data de mayo de 1973.

Comulgué también su rutina diaria. Indicó en una entrevista que se levantaba temprano, hacía ejercicios, desayunaba, leía los periódicos y se ponía a escribir hasta la tarde. Redactar sus ideas era su trabajo y a ello le dedicaba disciplinadamente su tiempo.

Corría el año 2016 y tenía yo que hacer un viaje a la ciudad de Chiclayo. Iba a ver unos terrenos para una inversión y, al ser un viaje rápido, decidí ir en avión.

Madrugué, tomé el taxi, pasé los controles de seguridad del aeropuerto y, mientras esperaba el llamado al abordaje, divisé a lo lejos un rostro que se me hacía conocido. Era él, el mismísimo Mario Vargas Llosa, también esperando un avión para otro vuelo nacional.

No soy de incomodar a las personas, y menos aún de pedir fotos, pero en esa oportunidad no lo pude evitar.

Me acerqué con sigilo, como un felino va midiendo a su presa, y recuerdo que con mucho respeto le dije:

-Sr. Vargas Llosa, ¿me podría tomar una foto con usted? (sin tutearlo, ¡él era Vargas Llosa, ptm!)

Está bien -me respondió sin mucho entusiasmo-. Me imagino que para una celebridad, en este caso literaria, debe ser agotador y molesto que te pidan fotos, fotos y más fotos.

Así que procedí a poner mi celular en modo selfie, sonreí y apreté varias veces el botón.

Luego le dije con sincera admiración que me gustaba mucho su obra, le agradecí y regresé emocionado a mi sala de embarque. Al parecer, por suerte, mi raza no despertó en él ninguna reminiscencia electoral.

Así fue mi único encuentro presencial con el ganador del Premio Nobel de Literatura (2010). Eso sí, virtualmente (a la distancia), en más de una ocasión, me he dejado cautivar por su prosa, historias, aventuras, desventuras, amores, desamores, alegrías y tristezas. Todas ellas emociones e imágenes que surgían de sus mágicos textos.

Descanse en paz, lejos de esta ciudad y de los perros.

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